Alquimia


#1

El Hombre se cansa, el Espíritu no
el Hombre se rinde, el Espíritu no
el Hombre gatea, el Espíritu vuela
el Espíritu vive cuando el Hombre muere

El Hombre parece, el Espíritu es
el Hombre sueña, el Espíritu vive
el Hombre está atado, el Espíritu es libre
como el Espíritu el Hombre puede ser.

SEMBRANDO LA SEMILLA DEL ÁRBOL DE UNICORNIO

El aire se viste de azul y ocre inflamando las transparentes paredes de cristal, pequeños huecos de aire nacen de la unión del líquido azul y el fuego, suben estrellándose entre sí, alcanzan su destino en la bullente superficie y después de la corta agonía explotan apenas perceptiblemente para finalmente morir, mientras nuevas burbujas nacen del fondo del recipiente imitándolas, creando un pequeño ciclo de vida, desde el fondo donde no eran nada, hasta el aire mismo, donde dejan de ser burbuja para convertirse en viento.

El alquimista observa divertido al joven príncipe, quien embelesado por la gran cantidad de aparatos e instrumental, no se percata del acecho al que es sujeto.

Cristián toma un vaso lleno de un líquido viscoso, lo acerca a la luz y se recrea en el juego de rayos que forman uno y otro. Lo deposita cuidadosamente y vuelve a mirar el bullir de la esfera…

-Es interesante verdad- dice el Alquimista con voz grave y pausada y el joven, como despertando de un sueño sonríe y responde: -en efecto, esto es… es increíble. Ya me habían comentado a grandes rasgos de las labores que desempeñan hombres como usted, pero…, pero esto es sobrecogedor.

El Alquimista lo observa divertido.

-Dígame, buen hombre, ha logrado obtener oro, o acaso la cura universal, el secreto de la longevidad, ¿qué maravillas esconde en este mágico lugar, que torna la razón en sueños?.

La vestimenta del Alquimista despide destellos de luminosidad azulada al cruzar entre los escasos rayos de luz que entran tímidamente por las ventanas llenas de polvo, llega hasta el pesado mueble guardián del libro único, aguarda un momento mientras juega con su barba y dice:

-Aquí está todo escrito, quien tiene uno, tiene todo; quien entiende uno, entiende el universo, pues es arriba, como es abajo. La búsqueda encierra en sí misma lo buscado y la vida, te encierra a Tí, a mí y a todo el mundo y mientras tanto, no encuentra nada ni a nadie, sino solo a su razón de buscar y buscar, de repetir hasta que el corazón del errante, lata al unísono con la tierra…

-Pero… lo ha encontrado -dice Cristián, con expresión de asombro.

Los pulmones del Alquimista estallan en carcajadas, Cristián, sin quitar la cara de asombro, ríe discretamente con él sin comprender. El Alquimista retira con el dorso de la mano residuos de lágrimas y sigue riendo, el joven le vuelve a preguntar: -¿que causa tanta gracia?. La risa del alquimista vuelve a retumbar estrepitosamente y cuando finalmente se calma contesta:

-Estamos solos joven Príncipe, solos en la vida y no nos queda más que aprender, aprender a tomar y a dejar, grandes expectativas acarrean grandes fracasos, un día, hace mucho tiempo, alguien me dijo -entonces cerró los ojos y dirigió la cara hacia el cielo y continuó:

“Creo que las luces que miles de hombres buscamos al final del laberinto en que vivimos, no son sino el espíritu y la fuerza de todos nosotros que intensamente respiramos, buscando engrandecer este instante”.

El Alquimista guarda silencio por un momento con los ojos cerrados, los abre lentamente, observa al joven como si esperara encontrar algo en él y finalmente le dice: -Me entiendes Cristián…

El joven lo mira estupefacto.

Estamos solos Cristián, pero sabes… brillamos juntos y todos hacemos una gran luz tan grande como los astros, brilla…, brilla joven príncipe, brilla como los ellos, brilla como el Sol… brilla.

Espera Cristián, no corras tan rápido, que te me pierdes en el bosque.

-¡Vamos escudero, acabemos con el dragón de fuego!

Cristián corre cerca de la muralla del castillo, entra a los jardines reales por una pequeña puerta, corre entre las doncellas quienes gritan sobresaltadas, llega hasta la pared de la cocina, ataca ferozmente los costales, una y otra vez los golpea con la rama que maneja con destreza infantil - muere canalla, muere…, ¡vamos Eduardo!, busquemos al dragón padre y acabemos con esta fuente de maldad…

-¡Cristián!, ¡Eduardo!, venid, es hora del desayuno.

-Ya vamos Madre - responde Cristián y ambos niños arrojan sus lanzas irreales y corren sonriendo hasta abrazar a la dama que los llamó.

-Hola mis grandes pequeños, ¿con cuantos dragones habéis peleado esta mañana?

-No con suficientes Madre -responde enérgicamente Cristián.

-Y tú, mi pequeño Eduardo.

-Yo maté a tres Madre.

-Muy bien príncipe Eduardo, gracias por salvar el reino de tan cruel enemigo.

-Podría enseñarme algunos secretos.

-¿En que forma podría ayudar a que tan noble personaje incrementase su saber?, no, yo soy un viejo empecinado en encontrar el todo en la nada, mientras que tú eres la encarnación de años de preparación y estudios, eres semilla de rey… y yo, apenas soy un sueño de niño, solo soy una oscura leyenda perdida en la irrealidad.

-Buen hombre- argumenta el Príncipe -considero un honor el haberte conocido, la suerte y el prodigio me hizo llegar a esta vieja cabaña y encontrarte en ella, es lo mejor que me pudo ocurrir. Como comparar unas lecciones de historia o de escritura, o las prácticas de lucha y las técnicas de batalla con esto, con el saber de la vida, con la verdad de la fuerza…

-Joven Príncipe, como sabes que no soy un farsante, como sabes que no pierdes el tiempo, que solo quiero aprovecharme de Tí, mira, has venido solo, nadie sabe donde te encuentras, nadie podría salvarte si yo, aprovechando la situación te tendiera una trampa, de la que podría obtener al menos, un jugoso rescate, que tal si la suerte y el prodigio que te trajeron a esta cabaña no fue sino un ardid de este viejo rufián…

Cristián mira nerviosamente a su alrededor, mientras que el Alquimista continúa:

-Así es que dime Cristián, quieres permanecer aquí, a mi merced?.

El príncipe tarda en contestar.

-Imagina la fortuna que pagaría tu Padre por tenerte de vuelta, has pensado en ello?.

-Tú no harías eso, el saber es tu vida- argumenta nerviosamente el joven Príncipe.

-El Alquimista ríe estruendosamente y repite: -No, tú no haríais eso…- y sigue riendo y moviendo la cabeza mientras se aleja hacia la pesada puerta.

La reina acaricia el cabello del pequeño príncipe recién dormido, lo cubre con las sábanas y le dice suavemente: -Algún día recibirás la corona, tomarás la espada mágica y serás coronado Rey. Hombres y mujeres hablarán de tu fuerza y gallardía, tu saber y justicia serán conocidos en cada rincón de la Tierra, desde las barrancas de los Dragones, hasta los interminables mares de Ocpus, a tus brillantes ojos azules les esperan imágenes grandiosas en el futuro…

La reina le besa tiernamente la frente. Se acerca al lecho de Eduardo, también lo besa, los observa en la penumbra y se aleja silenciosamente.

MIRANDO FANTASMAS

-¿Ves aquellas aves Cristián?, observa su gracia, su majestuosidad -El Alquimista junta las palmas de sus manos y las acerca a su barbilla, entonces continúa -volar es definitivamente algo mágico, ¿no te parece increíble que pueda un animal sostenerse en el aire para quedarse suspendido?, piensa en la maravilla que eso significa, míralas, míralas como se sostienen de la nada visible, ¿no es maravilloso Cristián?.

El joven está callado, desde hace cuantos años había visto el vuelo de las aves y lo había visto como algo normal; sin embargo, reencontraba magia en la cotidianeidad.

-¿No es maravilloso Cristián?, míralas como deslizan sus alas para apoyarse en nada, míralas dominar el viento y hacer este su suelo, ¿que te parece joven Príncipe?.

-Tienes razón, el vuelo de aquellas aves es algo mágico…- responde Cristián.

-Mira la diferencia joven Príncipe- entonces el Alquimista patea el suelo repetidas veces y dice: duro ¿eh?, luego salta para caer en la misma huella una y otra vez, golpeando en cada ocasión el suelo con toda su fuerza -que diferencia ¿verdad?, sólido, nuestro Planeta es una masa fuerte y resistente ¿verdad?..

Cristián asiente levemente mientras el Alquimista continúa: Pues permíteme decirte un secreto -entonces se acerca al joven y le dice como en un susurro: -Este inmenso y pequeño Planeta en que vivimos joven Príncipe, tiene el irreverente descaro de flotar en el Universo sostenido de la nada y así, desde sus pilares inexistentes sustenta su equilibrio de la misma magia que aquella ave que vuela por ahí, sí Cristián, nuestro planeta vuela en el vacío, buscando incesantemente un cielo hermoso en su camino infinito…

El Príncipe no contesta nada, se queda inmóvil pensando, sorprendido, imaginando al mundo flotar entre estrellas, sostenido de nada y todo a la vez y de pronto, el Alquimista grita:

-Agárrate Cristián, agárrate del suelo, ¡pronto, que el mundo se mueve!, agárrate de una rama, de un árbol, no vayas a caer, vamos, ten cuidado.

-Canalla os arrancaré la cabeza.

El hombre barbado toma un cuchillo del puesto del mercado mientras le grita a su oponente. Las mujeres se apartan con miedo. El hombre del manto gris se le lanza encima, sin darle oportunidad de utilizar el cuchillo. El frágil puesto cae roto en pedazos y la mercancía rueda por el suelo empedrado, los puestos cercanos son detenidos por sus dueños, de algunos de ellos caen frutas y otras cosas. Mientras detienen sus pertenencias, gritan a los hombres que pelean, el cuchillo cae al suelo.

El hombre del manto gris toma un poste del puesto recién roto y golpea al hombre barbado. Las mujeres gritan asustadas, mientras algunos hombres ríen divertidos, el hombre barbado contraataca, se lanza sobre el abdomen del hombre del manto gris y lo hace caer, se golpean en el suelo.

-¡Alto, deteneos!

Una gallarda figura, vestida elegantemente impone su voz ante el griterío. Monta un hermoso corcel, tan negro y brillante como un relámpago en lo más oscuro de la noche. El peto de su armadura brilla al reflejo del Sol como si fuera el astro mismo. Jinete y caballo están impávidos, absolutamente quietos, dominantes. Se oye la voz de una joven, como un murmullo: -es el Príncipe Cristián-. Un grupo de doncellas comentan entre sí de la belleza y gallardía del joven.

Un segundo jinete lo alcanza, es su hermano Eduardo.

-¿Que pasa aquí?- pregunta Cristián.

-Este hombre me ha estado robando su majestad- comenta el hombre del manto gris -toma en las noches piezas de mi rebaño y luego las vende en el mercado como suyas-.

-No es cierto- dice el hombre barbado -yo compré esas ovejas cuando eran pequeñas y las he cuidado. Este hombre me atacó impunemente.

-Es que no pueden vivir en paz- dice Cristián -tienen que vivir engañándose y peleando, robando y mintiendo. Como esperamos tener un reino fuerte, si como coyotes hambrientos nos destruimos unos a otros. Marca tu rebaño para que sepas reconocer tus animales en lo futuro y esta pieza la pago yo a ambos.

Cristián saca unas monedas y desmonta. Da a los hombres igual pago y continua: Con la carne de esta pieza alimenten a todos estos hombres y mujeres que me escuchan, esta carne nos da la vida, de ella tomamos la fuerza para vivir, cómanla y háganse fuertes.

Y ustedes -dice dirigiéndose a los hombres que peleaban, si esto fue una confusión de ambos, espero que la paz los llene, la carne de este animal los nutra así como a vuestras familias, pero si no es así, si intentaron crear mal, que el mal les sea devuelto, que esas monedas pesen sobre sus hombros y sobre sus familias tanto como la vida de un hombre que bien pudo haber sido la cuota y solo podrán dar descanso a su alma, entregando igual suma a caridad.

El joven príncipe sube a su caballo y se aleja del lugar seguido por su hermano Eduardo, mientras la gente, confundida, emocionada y agradecida, los ve partir en silencio.

Al escuchar los golpes en la puerta, Cristián aparta la mirada del libro -Adelante-.

Cristián -dice la Reina al entrar- me siento orgullosa. En el pueblo no hablan más que de tu justicia, de tu presencia de mando y asimismo de tu humildad para tomar lugar entre el pueblo.

El Príncipe no responde, solo observa a su madre.

-Vamos Cristián, no te da gusto que en el pueblo te quieran tanto como lo hacen.

  • No lo sé madre.

-¿Como que no lo sabes?, ¿Que te pasa?.

-Vamos madre, no tiene caso -dice el joven, manteniendo la mirada baja, las lágrimas parecen estar a punto de fluir.

-Pero que es hijo mío, anda dímelo…

Cristián guarda silencio, mira al suelo y voltea apenas perceptiblemente a ver a su madre, quien vuelve a decir:

-Anda Cristián, ¿que te preocupa?.

-Es que… - el joven calla por un momento mientras mantiene baja la mirada y niega levemente con la cabeza -es que no sirvo para vivir en este mundo, no soy como ellos, no puedo hacer mías sus peleas o enojos, no me interesan las metas que todos buscan o las que debían ser mías, mi cuerpo me interesa solo como el lugar en que vivo y del que nunca saldré hasta que no sea esto que soy, entonces, ¿porque buscarle alivio, si mi alma se azota dentro?, si solo desea romper cadenas y buscar la huella…

Recuerdo -continúa el Príncipe- recuerdo aquel niño que llegó un día mientras descansaba bajo un árbol, me señaló hacia arriba y al mirar al cielo, note que había cientos de pájaros, que hasta un segundo antes no había descubierto, estaban jugando en sus ramas y supe que aunque me quedara quieto cien años, ningún ave haría en mí su nido, me supe menos que el árbol que es casa, tiempo y ahora recuerdo y lección. Entonces el niño dijo: vamos, vamos, juguemos en el bosque, busquemos al unicornio y algún día, si tienes suerte, te dejará montar para llevarte de nube en nube, de sueño en sueño.

Pero mírame ahora madre, mírame… esperando para gobernar un pueblo que se pelea entre sí, que se miente y engaña, que esperan de la vida no se qué, que no logro entender, no madre, no sirvo para este mundo, no sirvo para este juego, si como el niño montando al bello unicornio, solo quiero volar, de sueño en sueño.

-¡Que bueno que llegas Cristián!, pronto, toma con tu mano un poco de polvo de esa bolsa…

El joven busca en la mesa, llena de recipientes y bolsas de cuero de diversos colores. El Alquimista está en la gran mesa con sus recipientes de vidrio. Algunos de los recipientes están interconectados por tubos de vidrio, gases y líquidos diversos corren por ellos. Parece estar haciendo algo muy importante.

El joven toma una de las bolsas de cuero y dice: ¿de esta?.

-No Cristián, de la verde que está por ahí. El joven señala una de las bolsas y el alquimista le dice: -sí, sí, de ésa.

-¿Cuanto debo poner?, pregunta el Príncipe.

-Solo un poco, tómalo entre tus dedos y arrójalo en esa olla que está en el fuego.

El joven está emocionado, pero a la vez tiene miedo, nunca ha participado en ningún experimento con el Alquimista, ésta, piensa, es su primera participación importante. ¿que pasará si se equivoca, si pone de menos o de más?, ¿habrá peligro?, parece improbable, pues de haberlo el Alquimista no le hubiera dejado hacerlo solo…

-¡Demonios de las profundidades! -grita el Alquimista mientras se aparte de lo que estaba haciendo, el joven lo mira asustado, -¿me habré equivocado?.

-Al Alquimista hace un gran berrinche: -¡Por los mil dragones del infierno, es que no puedo hacer nada bien!, ¡Demonios, Demonios, Demonios!.

El joven está perplejo, observa mudo a su maestro hacer algo que él piensa es actitud de niño, no sabe que hacer. De pronto el Alquimista respira profundamente, sonríe, mira al joven manteniendo esa enorme sonrisa y le dice:

  • Bien, ¿qué tal te quedó la sopa?.

  • ¿Sopa?, pregunta el joven.

  • Sí, sopa, la sopa, ¿que no le pusiste la sal como te lo pedí?.

-Sssi, la sopa, yo pensaba que era un experimento, alguna magia.

El Alquimista ríe estruendosamente, hasta que las lágrimas empiezan a escurrir por sus ojos. -No Cristián, no, -dice el Alquimista entre risas -eso solo es la sopa. Ven, ay Dios mío, ¡que joven tan simpático!, ven, vamos a comer.

El Alquimista toma dos platos, los llena y señala al joven el lugar donde debe sentarse, al mismo tiempo, en voz muy baja sigue repitiendo mientras ríe: -un experimento…

El hambriento joven toma una cuchara y empieza a comer velozmente. El Alquimista lo observaba con los ojos muy abiertos, hasta que dice: -Alto, alto, alto, joven Príncipe, así es como te comportas, es así como come un Rey…

Cristián deja de comer, mira al Alquimista y le dice: -Bueno, es que tengo hambre…

-Cierra tus ojos- dice el Alquimista- toma aliento con la cuchara y llévalo a la boca. Así, despacio, ahora, siente… siente el alimento llenar tu cuerpo, siente como te fortalece. Eso es energía que va a cada rincón de tu ser. Gracias a eso seguimos viviendo. Eso Cristián, eso es magia, solo que nadie te lo había dicho. La gallina, el carnero, se vuelven energía y fuerza para que sigas viviendo.

-Nuevamente te digo Cristián, vivimos un mundo mágico, un mundo del que no comprendemos ni una pequeña parte y sin embargo, creemos saber todo y nos sentimos sus dueños, nos permitimos ser sus dueños como quien enjaula la más bella ave y al hacerlo sus oídos se vuelven sordos y aquel canto que hasta el día anterior era hermoso, se vuelve molestia diaria, hasta que su sentimiento enmudece al ave y así, poco a poco la desgasta, hasta la muerte.

-¡Calla, que eres un inepto! -dice el hombre gordo, mientras lleva el tarro de cerveza a su boca y la toma a grandes tragos.

-Tú que sabes, patán de porquería…

Cristián los observa en silencio, sin pensamientos. Más allá mira una pareja que se abraza, que ríe, grita y se besa efusivamente, mira las antorchas, que aferradas a las paredes despiden calor y luz, las velas, la servidumbre llendo y viniendo con lo que los invitados requieran. Se siente extraño, como si no estuviera en ese lugar, posa su mirada en especial sobre la gente que ríe aparatosamente, piensa si en realidad serán felices, se pregunta si no se darán cuenta de nada, le gustaría reír así, pero se sentiría falso, piensa que no podrá volver a reír, se pregunta si alguna vez lo habrá hecho, se da cuenta de que sí, pero no entiende como, no entiende porqué.

-Sigue con tu mirada la piedra -dice el Alquimista, mientras lanza una roca negra, como un puño de grande. El joven la ve volando acantilado abajo, la piedra se estrella un par de veces en las altas paredes y llega al fondo, perdiéndose entre las furiosas olas que parecen querer destruir sus linderos.

-¿Que tal Cristián?, este es un mundo bravo, todos luchando, empujando, rompiendo, a veces me pregunto ¿qué va a ser del mundo en el futuro si el hombre sigue destruyendo todo a su paso?, sin equilibrio, sin conciencia…

El Alquimista permanece pensativo, ante la mirada de Cristián… -En fin -continúa -no hay nada que pueda hacer al respecto…

El joven asiente sin alcanzar a comprender.

De pronto el Alquimista le pregunta: -¿cuánto te esfuerzas?.

Cristián frunce el entrecejo interrogante.

-Si joven Príncipe, ¿cuál es el peso de tu esfuerzo?, ¿Cuanta energía utilizas en crecer, aprender, ser fuerte y mejor?, ¿Que tan grande es tu voluntad?.

-Mi voluntad es fuerte y grande, como el poder de un Rey -dice el joven altivamente.

-Bien -dice el Alquimista asintiendo - bien -sonríe mientras con la cabeza ladeada observa al joven - bien…

-¿Porque?, ¿es que dudas algo?, ¿piensas que no soy un digno alumno?.

El Alquimista estalla en carcajadas -No, no Cristián, ay, ay, que me reviento de risa, no, no es nada de eso… -y mientras el Príncipe se siente humillado, el Alquimista continúa -No Príncipe, yo pensaba en el Mundo… Pensaba en las nubes. Mira, observa las nubes, míralas…

-¿De donde crees que vengan las nubes?.

El joven lo mira en silencio, no sabe a que quiere llegar el Alquimista.

  • Pues bien Cristián, el Sol calienta el agua de los mares y la hace volar, la vuelve humo, vapor y así nacen las nubes. Luego claro, llega nuestro amigo el viento y las pone a viajar, te imaginas toneladas de agua volando por el mundo, eso es belleza Cristián, eso es magia.

El Alquimista observa al Príncipe breves instantes, luego continúa: -Al llegar a las zonas montañosas, las corrientes de aire elevan las nubes y las convierten en lluvia y así, tenemos un nuevo nacimiento, el fruto del amor de las nubes y las montañas, son los ríos. Al principio pequeños, pero como buen niño, poco a poco crecen y se hacen más grandes y fuertes, riegan el mundo llenándolo de vida y, una vez cumplida su misión, mueren en el mar, todo esto, para volver a empezar. ¿Que piensas de esto Cristián?.

-No cabe duda, como bien dices, el Mundo es un lugar mágico e increíble.

-Espera Cristián -dice el Alquimista manoteando -no te adelantes, aún falta lo mejor -y diciendo esto se queda mirando al Príncipe hasta que este, con una expresión de interrogación le pide continuar.

-Que te parece esta montaña, este enorme pedazo de mundo que resiste todo, resiste las olas, a los hombres, al tiempo, que tal… ¿es sólida?.

-Pues sí en efecto lo es -contesta el Príncipe.

-Pues bien Cristián, has de saber que donde hay montañas hoy, hace tiempo no las hubo y algún día, no las habrá pues el mismo viento que lleva las nubes, poco a poco la desgasta y la maravillosa agua que cae para darnos vida se la va llevando lenta y empecinadamente y algún día acabará con ella. Y entonces, no más corrientes de aire, no más ríos, no más lluvia, no más vida…

-Pero ¿cómo?, entonces ¿la vida en el mundo acabará cuando esto ocurra?.

-Pues no Cristián, no se acabará así, pues nuestra casa, este bello mundo en que habitamos, está vivo y luchando y mientras le rasquen para robarle montañas, el hará surgir nuevas, porque este mundo, amigo Cristián, no es una masa de roca, es un ser vivo que nos cobija y con su vida nos guarda y protege la nuestra y ahora si podemos decir algo más Cristián, tenemos que aprender de él y así como el río, tener fuerza; atrapar el ímpetu del viento; la capacidad de dar vida del agua y la voluntad y consistencia de nuestro mundo…

-¿Que te ocurre Cristián?.

-¿Porque preguntas eso Madre?.

-Es que nunca antes habías faltado a tus lecciones y deberes y últimamente… bueno, últimamente lo frecuente es que no hagas lo que debes. ¿Dónde pasas el tiempo?, ¿Que es lo que haces? Pues sabes estoy muy preocupada, al igual que tu Padre.

-Madre, Madre, mira… para el hombre común, el Mundo, la Naturaleza, es algo que está a su disposición, algo para servirle y entretenerle; sin embargo, para otros, como yo, el Mundo es un Maestro que continuamente nos enseña, así es que puedo aprender de él, todo puede ser una lección: un árbol, un río, el Sol, las nubes, las aves, todo Madre.

-Realmente no te entiendo Cristián.

-Espera Madre, que aún hay más, para otros hombres, para los grandes Maestros, el mundo es un libro, pues este se les revela a cada paso y así conocen los secretos del Universo, pues conociendo uno conoce todo.

-Vamos Cristián, yo no espero que un árbol te revele los secretos del Universo, solo espero que seas el mejor guerrero y el más grande de los reyes…

El Príncipe distrae su mirada hacia la ventana, observa el azul y contesta: Yo también Madre, pero espero no tener que ser sirviente de mi destino, ser esclavo de mis súbditos y de mi puesto, espero ser rey de mi mundo y en ese mundo está la tierra en que vivo, así que dirigiré a los hombres que ésta parió. Pero para ello debo comprenderla, debo saber más de ella, de mí y de estos hombres y esto Madre, difícilmente lo enseña el Maestro de Armas o la clase de Geografía y Ciencias.

-¿Cuándo fabricaremos oro? -pregunta el joven.

-¿Oro…?, y ¿para qué querría yo fabricar oro?.

-Pero es que una de las metas de los alquimistas es esa… ¿o no?.

-Mira en esos cajones, ahí, sí creo que ahí puse unos pequeños bloques, pero ¿para qué fabricar más, si ya no sabría dónde ponerlo?.

Cristián toma uno de los bloques de oro entre sus manos y lo acerca a su rostro, no se percata de la expresión de asombro que tiene, mientras, el Alquimista lo observa divertido.

-¿Sabes que es eso Cristián…?

-Sí… es oro, ¿Usted lo fabricó?.
-Si, si bueno, pero ¿porque el hombre desea poseerlo?, ¿porque el oro tiene un valor tan alto que los hombres matarían por el?.

-No lo sé, creo que por muchas razones, porque hay poco, por su belleza, su durabilidad…

-Casi Cristián, casi…, mira lo que he encontrado, mira en este libro -el Alquimista abre el Gran Libro, busca una página y señala un dibujo, mira este signo, así se representa el Sol, y ¿Sabes como se representa el oro?.

-No, no lo sé.

-Bueno Cristián, el oro y el Sol se representan con este mismo signo. ¿Entiendes?, el Sol nos regala amorosamente su calor y su luz día tras día, es la fuente de la vida, si no está, dormimos, no tiene caso vivir sin él, si se vá definitivamente, morimos. Es nuestro eterno acompañante, nuestra fuente de vida y por ello lo admiramos. ¿Que más tesoro que poseer el Sol?.

El Alquimista continúa hablando ante la absorta atención del Príncipe -Pues bien, el oro ha atrapado al Sol, es una manifestación terrena del Sol hecho sólido, por ello, quien posee oro posee riqueza, pues de alguna manera tiene un poco de Sol en su poder.

-Vamos a hacer algo Cristián, mira… -el Alquimista busca con la mirada por los rincones de su cabaña -si ahí, ven acuéstate aquí -le señala una especie de sofá hecho con cojines, que parece ser muy cómodo- no, no, acuéstate boca abajo.

-Ahora quiero que te relajes, poco a poco, el aire entra en tu cuerpo y al salir, se lleva las tensiones y los pensamientos, tu cabeza, tu cuello, … hombros -el Alquimista habla con voz muy suave, aunque dominante, mientras el joven sigue sus indicaciones -relaja, la respiración se lleva tus tensiones, poco a poco, los brazos, descansan, el pecho, el vientre, las piernas se relajan.

-Bien Cristián, así relájate, muy bien, sigue respirando lenta y profundamente, bien, muy bien. Observa ahora tu cuerpo, siéntete, observa lo que eres, siente como vives dentro de tu cuerpo, siente tu rostro desde dentro, el rostro es como una máscara que te oculta, siéntelo. Siente el pecho, date cuenta de lo que guarda ahí, siente tu alma Cristián, siéntela…

El joven sigue acostado boca abajo totalmente inmóvil y relajado, mientras que el manto azul del Alquimista brilla a su lado y su voz grave llega suave pero profundamente hasta el príncipe.

-Tu cuerpo no es más que huesos y carne, tú vives en realidad dentro de ellos, eres etéreo Cristián, eres aire, fuego, agua y tierra, eres impalpable y utilizas tu cuerpo para comunicarte con este mundo, pero eres mucho más que huesos, mucho más que carne, eres mucho más que sangre corriendo.

El Alquimista guarda silencio y observa al joven, cierra los ojos mientras vuelve su rostro al cielo y respira profunda y pausadamente, con fuerza, como si le costara inhalar, cierra el puño izquierdo y lo envuelve con la mano derecha, luego baja el rostro mientras lleva las manos en esa posición hasta la boca, abre los ojos y una lágrima recorre su mejilla. Vuelve a respirar y continúa:

-Ahora muy lentamente mueve un dedo, muy lentamente y siéntelo, observa la maravilla, con solo pensarlo todo funciona correctamente y tu cuerpo responde al mandato. Mueve ahora los cinco dedos, pero hazlo lenta y conscientemente, observa la perfección que ello lleva. Luego poco a poco mueve con libertad, mueve un brazo, una pierna o lo que quieras, despacio, muy despacio, hasta que quedes de pie.

El joven lo obedece, mueve un brazo, gira lentamente la cabeza, mueve una pierna, se apoya y se pone en pié muy despacio, una vez de pié abre los ojos, observa al viejo y sonríe, está a punto de decir algo, cuando el viejo, haciendo un ademán dice:

-Guarda silencio Cristián, ya me contarás.

-¡Ven Cristián! -dice la reina emocionada -tu padre te tiene el mejor de los regalos de cumpleaños…

-Voy madre -grita Cristián con su voz infantil y sale de su recamara corriendo. Madre e hijo corren por los pasillos, atraviesan el amplio comedor, la cocina llena de gente trabajando para el festín y llegan al patio posterior, al salir Cristián queda deslumbrado al recibir la luz de frente. Distingue a su padre y algo más, una sombra…

-Mira Cristián, tu padre te tiene un caballito ¿no es hermoso?.

El Rey está de pié, sonriente sosteniendo las riendas de un caballo pequeño y negro como el carbón, Cristián se acerca lentamente.

-Acarícialo Cristián, vamos.

Cristián lo acaricia suavemente y luego se abraza a su cuello emocionado. -Gracias papá, gracias.

-Vamos móntalo -dice el Rey.

-Sí Cristián móntalo -le dice su Madre.

El Rey ayuda a Cristián, quien está sobre el caballito y luego tomando las riendas lo lleva hacia los jardines. -¿Quieres guiarlo tú? -pregunta el Rey.

-¿Puedo? -contesta el pequeño Cristián sin poder contener la emoción.

-Claro -dice el Rey -Toma las riendas y dependiendo a donde jales él irá. Ves, así, muy bien.

-Puedo ir más rápido Padre.

-Claro Cristián, dice el Rey sonriendo. -Vamos apura al caballo.

Tal como se entienden entre niños, el pequeño caballo aceleró el paso a las indicaciones de Cristián, mientras el Rey corría junto a ellos.

-¡Vamos, vamos caballito!, ganémosle a mi Padre.

El Rey empezó a quedarse atrás, se detuvo y jaló aire. Una gran sonrisa le iluminaba el rostro mientras observaba a su hijo montar lleno de gozo hacia lo lejos.

  • ¿Viste el cielo hoy? -pregunta Cristián -Había un gran círculo alrededor del Sol, era como un gran arco iris de diámetro mucho mayor al Sol, como diez o quince veces mayor y era de casi todo gris y con colores en el extremo.

-Sí lo vi -contesta sonriente el Alquimista. ¿Que te pareció?.

  • No sé que pensar.

-¿Porqué no?

-Mira -dice el Príncipe -mi Madre me llamó a verlo y estaba asustada, decía que nunca había visto algo así, que era algo muy extraño y probablemente malo. Mi padre estaba feliz, decía que el mundo era un lugar bello y hermoso y que ese era un detalle muy bonito de un lindo mundo. Luego encontré a Ferraldo, uno de los más valientes guerreros y él estaba temeroso y asustado, decía que nuestro fin se acercaba, que los dioses estaban molestos y se iba a descargar su ira contra nosotros…

-Y tú, ¿qué piensas? -pregunta el Alquimista.

-¿Yo? No lo sé, creo que era algo muy bello, como mi Padre decía, era definitivamente raro tal como mi Madre me dijo, pero no creo que los Dioses estén resentidos ni enojados con nosotros, hay mucha gente buena en el mundo, aunque también la haya mala. Creo que fue un hermoso misterio. ¿Y tú, que crees?.

-¿Yo? -dice el Alquimista imitando a Cristián, los dos ríen de la parodia y luego el Alquimista continúa -Eso que viste hoy es algo muy hermoso, es raro que se vea por aquí, esos fenómenos generalmente ocurren muy al norte, donde los hombres viven sobre hielo, ahí es común que el Sol se vea enmarcado de una inmensa corona formada por pequeñas partículas de hielo que reflejan su luz de una a otra y lo hacen vestirse de gigante.

-Lo que es curioso -continúa el Alquimista -es como el mismo hecho pueda ser tan diferente para las distintas personas, ¿no lo crees?. La vida puede ser hermosa, pero cuando así lo es, cualquier asomo de molestia causa malestar y con ello, infelicidad. Pero la vida puede ser también terriblemente mala y hacerte sufrir hasta la médula, o puede ser también un misterio del que somos solamente una pequeña parte y sabiéndolo podemos tomar nuestro lugar en él y vivir sorprendidos como niños ante un mundo que se revela continuamente para prender día con día, así las molestias son solamente avisos, “oye…” dice tu cuerpo “tengo hambre, aliméntame” o “tengo frío, cúbreme” y espera pacientemente a que lo hagas.

-Hay algo que no entiendo.

-Dime Cristián.

Yo pensaba que los alquimistas estaban todo el tiempo apareciendo oro y cosas así. Sin embargo cuando te he comentado al respecto, no le das importancia, ¿no es el oro lo más importante?

El Alquimista observa al Príncipe en silencio, sus ojos color miel enfocan atenta pero no agresivamente a Cristián. El joven aguarda la respuesta del Alquimista con significativa espectación.

-No Cristián, el oro no es lo más importante. Imagíname con muchísimo oro, ¿qué haría con él?, ¿comprar joyas?, ¿un castillo con todo y ejército?, ¿grandes terrenos con pueblos enteros?, ¿que haría un hombre como yo con todo aquello?.

-Bueno… pues podrías tener una especie de escuela para las personas que como yo queremos conocer los secretos de la vida, ¿cuantos habrá que no puedan porque tienen que luchar por subsistir, pero dentro de ellos explota la conciencia y el hambre del saber?.

-Cristián, Cristián… tienes que saber algo muy importante: “una vez que está listo el alumno, el maestro aparece”, lo importante no es el maestro, sino el alumno. La mayoría de la gente no está interesada en aprender y dejar crecer su conciencia, déjalos, ellos se preocupan por las cosas de este mundo, se enojan por nada y se matan por unas monedas, crearles un lugar donde aprender sería volverlos holgazanes y darles una vida fácil que no merecen, pues alimentaría su holgazanería, además, necesitarías a mucha gente limpiando, cocinando y sirviendo a esos flojonazos y ¿quien crees que tendría más derecho a ser servido?.

No Cristián, no creo que sea buena idea utilizar el oro para eso. Pienso que en el futuro las posesiones, el oro y comprar y vender van a darle problemas al hombre, ¿cómo puedes ponerle valor a un borrego?, ¿a un terreno?, ¿a un árbol?, ¿porqué algo vale uno o cien mil?, ¿Porque el rico es poderoso y el pobre debe ser sumiso?, la tierra existe antes que el hombre y los terrenos estaban ahí, ¿qué derecho le dió a alguien el ponerle precio y cobrar por ello?, pero sabes Cristián, el hombre se engaña, pues a todo le asigna un valor, entonces cree que es dueño de todo y puede comprar y vender lo que sea, inclusive la vida misma y esto es terrible. Grandes sufrimientos caerán en el futuro por estos motivos, de eso puedes estar seguro.

Pero no te desanimes, el oro alquímico es muy importante, yo mismo lo he obtenido y he podido vivir en gran parte gracias a él, aunque el verdadero oro, la riqueza más grande es la que formes dentro de tí, cuando tu alma brille como el Sol y sea tan grande que apenas quepa en tu pecho, habrás obtenido el oro que realmente importa.

REQUIEM POR UN REY

-Que bueno que llegaste Cristián.

-¿Porque? ¿Que es lo que pasa?

-Las estrellas Cristián, las estrellas…-El Alquimista señala con ambos brazos el cielo mientras hace una mueca estúpida con la boca.

-No entiendo… ¿que tienen las estrellas?

-Hoy es la noche Cristián, ¿no querías fabricar oro?

La expresión del joven cambia de pronto, agranda los ojos y sonríe -¡claro! -grita emocionado.

-Pues hoy es la noche Cristián, el primer elemento debe ser formado hoy, la constelación del dragón está en su puesto, los signos que hubo en el día fueron los correctos, así que a trabajar o perderemos esta oportunidad que se presenta una vez en muchos años.

-Pero hoy hay fiesta en palacio… Unos duques de no sé donde y don señor de quien sabe quien, vienen con mi Padre y me pidieron que esté presente…

-Ese es un gran problema -dice el Alquimista.

-Mira -dice Cristián -empecemos y ojalá terminemos pronto, sino yo me voy al palacio mientras tú sigues.

-Bien, manos a la obra.

El Alquimista dirigió hábilmente al joven Cristián y juntos trabajaron, el Alquimista sabía prácticamente todo de memoria, pero de vez en cuando consultaba el libro único, repetía unas frases al cielo, mezclaba materiales y daba indicaciones a Cristián y así sin darse cuenta del tiempo, trabajaron horas enteras.

-¡Demonios! .Dijo de pronto Cristián.

-¿Donde? -Contestó el Alquimista.

-No, no hay demonios -dijo el joven.

-Menos mal, era lo único que nos faltaba -dijo aliviado el Alquimista y ambos rieron.

-Lo que quiero decir es que es muy tarde, debo ir al palacio.

-Anda, ve, corre, esto está prácticamente acabado.

-Te acuerdas cuando te dormiste bajo esta mesa, Cristián?

-Si madre, lo recuerdo.

-Eras un pequeñín, tendrías unos tres o cuatro años.

-Te buscamos por todos lados, inclusive los Guerreros fueron a los bosques cercanos y nada. ¡Cómo nos preocupamos aquella vez! y tú dormido, vaya, vaya con el muchachete.

La Reina tiene su brazo izquierdo sobre los hombros y se ve feliz, su voz suena dulce, mientras su adolescente hijo se deja consentir.

-Si madre, me acuerdo muy bien, estaba jugando a esconderme, pero estaba cansado y me quedé dormido, vaya susto, eh.

-Hola

-Hola -Contesta el Alquimista -¿cómo te fue ayer en la fiesta?.

-Peor que mal -Cristián hace una mueca y niega con la cabeza.

-¿Que fue lo que pasó?

-Pues llegué tarde y la fiesta había acabado, mi madre aún está enojada, mi padre no quería ni hablar conmigo, ay -suspira Cristián -es terrible hacer todo mal, cuando lo único que quiero es hacerlo bien.

-Sé que es duro Cristián, en algún momento el fin que persiguen tus valores dejan de ser compatibles con los que la gente tiene a tu alrededor y empiezas a alejarte, aún sin quererlo, yo mismo tuve que morir al mundo de los hombres alguna vez.

-No entiendo…

-Si Cristián, ya hemos hablado de ello, ¿recuerdas? - El Alquimista hace una pausa, cierra ligeramente los ojos, como para enfocar mejor su visión sobre el joven y disminuye el volumen de su voz -tus metas y las del mundo que te rodea son diferentes, tus valores son otros, vamos serías sacerdote y llevarías la palabra de Dios a las Iglesias si creyeras en la Iglesia como lugar donde la santidad es lo importante y los valores terrenos no cuentan para nada, pero ahí como en toda la Tierra lo que hay son hombres, aunque generalmente sean buenos. Tú Cristián, sigues tú propio camino, el camino del “Espíritu”, el del “Señor”, el de, si así lo quieres llamar: ¡Dios! -el Alquimista termina hablando muy fuerte, casi gritando, como si quisiera que el mismo Dios la oyera, tiene los puños cerrados y los brazos en alto y está sonriendo, como sonríe un hombre lleno de gozo -vives en el mismo planeta, pero Cristián, vives en otro mundo y debes morir en alguno.

Ese día Cristián estuvo aprendiendo alquimia, o más bien recordándola, sacándola de su cuerpo, según le decía el Alquimista. Fue un gran día, se sintió pleno, fabulosamente fuerte e integrado en el entorno.

-Me voy -dijo Cristián al atardecer.

-Antes de partir, observa el cielo, siente el viento, suave contra tu cuerpo, escucha el mundo, suavemente siéntelo -el atardecer era hermoso, rojo y naranja en el horizonte, con algunas nubes pequeñas sangrando en violeta la huída del Sol, franjas de luz amarillo ocre contrastaban tímidamente con el azul. La Luna estaba muy cerca del Sol, siguiendo su luz palmo a palmo, solo duraría unos minutos a la vista, tenía iluminada únicamente una pequeña franja en la parte inferior y la primera estrella de la noche estaba apenas a un lado de ella. Las siluetas de los árboles, totalmente de negro marcaban contrastes hermosos contra el cielo.

-Graba esto en tu mente, conserva la alegría que tienes, recuérdala y evócala cuando te haga falta y ahora, vete, con gozo y alegría.

El joven subió a su caballo y avanzó lentamente al principio, seguía admirando el mundo -que planeta más bello -pensaba -si intentara imaginar un atardecer más bonito, creo que no lo lograría.

-¡Vamos corre veloz! -grita Cristián a su caballo y se interna en el bosque -¿enséñame como vuelas iiiiiaaaaaa!.

De pronto se tensa una cuerda frente a él y cae de su caballo golpeándose fuertemente contra el suelo, tarda unos instantes para reaccionar, se levanta adolorido y descubre cuatro hombres frente a él -vamos malandrines- dice mientras saca su espada.

-Ahora sí tenemos un pez gordo, es el mismísimo principito -dice uno de los asaltantes.

-Cristián escucha un ruido tras de sí, gira y alcanza a esquivar el vuelo de la espada del hombre que apareció por sorpresa, se agachó con gran velocidad y el bandolero resultó ser el sorprendido, la espada del joven lo atravesó, una mueca de fiereza se dibujó en la cara del Príncipe mientras el hombre moría de un grito ahogado. Tras él venía otro -quedan por lo menos cinco- pensó Cristián - está bien para practicar…

–El príncipe corrió hacia un árbol para evitar ser atacado por la espalda, casi de inmediato llegó otro bandolero y gritando se lanzó con la espada por delante, Cristián se hizo a un lado, la espada del hombre quedó atorada en el árbol y Cristián no le dió tiempo de nada, de un solo tajo le partió la cabeza en dos.

Los demás bandoleros llegaron agrupados, Cristián fijó la mirada en los ojos del de en medio, los tenía enormemente abiertos, tenía la frente arrugada y apretaba la mandíbula en una mueca de furia, en ese momento se lanzaron contra el joven.

La piel de la Reina palidecía aún más al contraste con su traje de luto, su esposo se veía francamente desconsolado. Fueron unos campesinos los que hallaron el cuerpo, la batalla pareció ser terrible, varios bandoleros muertos cerca del Príncipe, las elegantes ropas de éste estaban bañadas en sangre y su rostro estaba deshecho, prácticamente irreconocible, su caballo había huido y fue encontrado no lejos de ahí.

Las joyas y piezas de oro que solía llevar Cristián desaparecieron, así como los bandoleros que huyeron con ellas, pues a pesar de la búsqueda propiciada por el Rey, los asesinos del joven Príncipe no aparecieron, era como si se los hubiera tragado la tierra.

El funeral fué sumamente triste, el esperado sucesor al trono era muy querido por todos, la sorpresa fué mayúscula no sólo en Palacio, sino también en el Pueblo y en los Reinos cercanos. Su padre el Rey, cayó enfermo a los pocos días y semanas después murió, la gente en el pueblo decía que era por que fué a buscar el alma de su hijo hasta el más allá.

La Reina y su hijo Eduardo superaron poco a poco sus problemas. Este se convirtió en Rey. Fué un hombre justo y cariñoso, su madre lo aconsejaba y él la sabía escuchar con paciencia. Fué una gran prueba pero ambos la superaron con valentía, viviendo la vida que no esperaban vivir.

El Alquimista retira los envases del fuego con sumo cuidado, los observa atentamente y luego empieza a mezclarlos lentamente, gota a gota y mientras lo hace piensa en su vida, en todo lo que tuvo que dejar por ser lo que es ahora, en lo que tuvo que hacer para dejar crecer sus valores y su conciencia, piensa en su infancia feliz, en los juegos y dragones que mataba, hoy duda si hizo lo correcto, si haber cambiado la vida que tenía destinada por esta que le había dejado el saber, ha valido la pena.

Tantos cambios, tanto esfuerzo, tanto dejado a un lado y no he sido capaz de crear ni un poco de oro -piensa el Alquimista -claro, “no es importante” decía mi maestro, pero que clase de Alquimista soy si no puedo hacer ni un poco de oro. ¿Cuantas veces habré repetido este experimento?.

Y mientras toma el plomo y lo sumerge en la sustancia recuerda a su madre, su ternura y cariño, como los acompañaba hasta sus sueños en los que les contaba cuentos y les acariciaba dulcemente la cabeza. Piensa en su padre, en cuánto lo quería y todo lo que significaba para él, en el amor que por él sentía aunque no había tenido el valor de decírselo, pues su padre era fuerte y enérgico, pero a la vez les daba en esos apretones y cachetadas juguetonas grandes raciones de amor y cariño. Y al pensar en él siente como la piel se le enchina, como los ojos se le nublan por un llanto incipiente y melancólico y cuando recuerda que murió lleno de tristeza y que él no pudo estar en su funeral más que de lejos, perdido entre la multitud, sus ojos profundamente azules dejan escapar una lágrima que contiene el dolor y sentir de toda su vida recordada en pasajes plenos.

El Alquimista parpadea fuertemente para no dejar fluir el llanto, pero observa como la solitaria lágrima cae en la mezcla recién preparada y al contacto con ella se vuelve brillante, como si fuera una gota de Sol y al llegar al fondo y tocar el plomo, como una pareja que se une en amor, lo transforma en oro.

El Alquimista sonríe, mueve la cabeza como si negara -no puede ser -piensa emocionado- “cuando tu alma brille como el Sol y sea tan grande que apenas quepa en tu pecho, habrás obtenido el oro que realmente importa”.


#2

Me encantó Juan Carlos, de verdad, ya lo lei dos veces y la segunda lo disfruté aún más. Todos llevamos dentro al príncipe y al alquista sin duda alguna.Gracias Juan Carlos.


#3

Me da mucho gusto que te haya gustado Mary, esa es la idea, como siempre, quedo a tus órdenes, Saludos!!


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