El angel de la guarda


#1

Cuando era chica le rezaba todas las noches:

"Ángel de le Guarda

dulce compañía,

no me desampares

de noche ni de día".

Y estaba segura de que él me escuchaba, de que me acompañaba a la escuela, al cine de matinée los días feriados, a la vereda… para jugara la rayuela. ¿Qué pasó después?

¿En qué esquina lo dejé de plantón, esperándome? ¿Qué día y a qué hora dejé de nombrarlo, de llamarlo para pedirle ayuda, protección y consejo?

¿Por qué no me dio un sacudón para avisarme que igual seguía a mi lado?

¿O seguía a mi lado… o se había quedado alejado, distraído, o enojado o indiferente o entretenido en otras cosas? Cuando los ángeles desaparecen… ¿lo hacen porque nos estamos portando mal, porque ya no nos quieren, porque se han cansado?

Un buen día también dejé de hacerme preguntas.

Fue el día en que inauguré la desesperanza. Si uno pregunta es una señal de vida, de interés. Pero cuando ya no pregunta, cuando no buscamos respuestas, cuando todo nos da lo mismo, cuando " nos resignamos"… algo grave sucede: no estamos amando.

A lo largo e la vida pasan cosas: algunas bellas, algunas dolorosas. Y tenemos tanta tendencia al bajón y a la queja que ponemos a un lado las alegrías para regodearnos en el dolor: es que nos miran con más detenimiento, con mayor interés, cuando las ojeras de la tragedia pintan de violeta nuestras ojeras, que cuando las lucecitas de la dicha levantan las comisuras de la boca con una sonrisa… Mirando hacia abajo, piso las baldosas impares de la vereda por la que voy caminando, alejándome de ese abrazo fraterno que es “la casa en que habito”.

Ese refugio, como brazos cruzados frente a mi cabeza, preservándome de los golpes y los chaparrones.

Esa casi prisión a la que me aferro como al mástil de un barco en medio de la tormenta.

Sólo baldosas impares para que mañana reaparezca el Sol. Sólo baldosas impares para que mañana me llegue una carta que estoy esperando.

Es la primera salida después de días de reclusión y duelo. Voy a misa, a rezar a los santos cara a cara, que me saquen la pena, que me hagan olvidar, que me borren lo que me dieron por error mientras yo les rogaba que me dieran un poco de calor y compañía… Yo no les suplicaba para que me dieran dolor, ¿qué me entendieron, cómo se confundieron tanto?

Y debe ser tan grande mi tristeza, debe ser tan enorme mi herida… que los santos han vuelto a ponerlo a mi lado: lo sé, porque oigo sus pisaditas de miga de pan; lo sé porque hay olor a vainilla, lo sé porque ha empezado a parar mi taquicardia, porque, sin proponérmelo, estoy tarareando una canción de Ricardo Montaner… y mis ojos registran los colores fastuosos de las flores del florista…

Ángel, angelito, no vuelvas a alejarte de mí.


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