El dolor y el miedo


#1


JULIO 12 DEL 2007.

EL DOLOR Y EL MIEDO

“COMPAÑEROS SILENCIOSOS
QUE PRETENDIENDO SER OMNIPRESENTES
SE MANIFIESTAN, SE PENETRAN EN OTRO SER”

Estaba alerta a todo lo que pasaba en su entorno, la habían sacado de su ritmo cotidiano y le habían pedido que ingresara al reposo forzado para observarla y ella percibía también para analizarla.
El encanto de la habitualidad estaba roto, pues su cuerpo necesitaba reposo y cuidados. Ella de corazón sensible y mente clara, quedó asombrada por el probable diagnóstico. No se nombró solo se vislumbró.
El médico con formalidad, con tono mesurado, sin emoción manifiesta, le participaba su diagnóstico. Y ella asimilando a veces sensible y otras racional lo que el médico decía indicado para su estado.
Con la mente abierta y el corazón palpitante ella dejaba penetrar las palabras que cambiaban su vida de una forma brusca.
Ya lo había intuido pues su ser interno dando muestras de su desequilibrio le había hecho llegar a su consiente que algo pasaba en ella.
Después de la consulta ella procesó la información y habiendo dado su consentimiento a lo que el médico indicaba como solución al problema planteado.
Por fin estaba ahí, y se preguntaba de ¿Qué manera podría seguir teniendo el control cuando estaba bajo el control de ellos?
Extraños rostros que realizando su trabajo, no se sabía si se daban cuenta o ignoraban el miedo y el dolor de los recién llegados.
Se respiraba tenso el ambiente, palabras nerviosas, sonrisas de más, pláticas sin tono, silencios prolongados, eran manifestaciones del grupo reunido de familiares y enfermos que ingresaba al hospital.
Besos rápidos, cariños tímidos, caricias nerviosas, lágrimas contenidas, emociones de todos donde no se sabe el mañana ni se ha preparado el presente.
Y ahí estaba con un brazalete en la mano que la identificaba como una paciente, con una bata arrugada, de color verde fuerte, que reducía su feminidad, en una cama limpia, en un cuarto amplio, con un buró suyo por el tiempo que estuviese ahí, con tres bolsas transparentes conteniendo sus pertenencias, conteniendo algo que podría identificarla como “ella” con su sello personal.
Sus libros, sus discos, sus casetes, su celular, su cepillos, su pijama, su bata, su lapicera y un cuaderno en donde realizar su bitácora, en donde plasmar sus emociones, en donde contener sus respuestas, en donde manifestar su vida.
Y entonces puso su nombre en un papel de color chillante con letras grandes y gariboleadas en la cabecera de la cama, indicando que ahí estaba ella, que era ella la que ocupaba ese lugar, indicando que era una persona, ella. La mujer de pelo corto, lacio y veteado de canas, la mujer con sentimientos que clamaba dejar salir su esencia, la que con ojos observadores y palabras decididas reclamaba ser tomada en cuenta como ella.
Y mirándose en el espejo vio reflejada a una mujer con bata arrugada verde oscuro, y se acomodó el cabello coqueta, se puso su bata, se perfumó y se puso sus sandalias. Y salió al pasillo a caminar, a conocer y a decirles a todos, sin palabras, con su ser que “ella” estaba allí.
Y el miedo estaba ahí y ella podía percibirlo, había muchos cuartos y más camas. Y ella al caminar por el pasillo podía percibir donde el miedo era el dueño y donde libraba la batalla de hacerse omnipresente y tomar el lugar.
Todos se veían, pero no lo hacían a los ojos. Y si por un momento lo hacían nerviosos retiraban las miradas. Tal pareciera que no se querían comprometer unos con otros.
Había grupos diferentes, doctores, enfermeras, afanadores, pacientes, familiares, tantas personas, todas en un lugar limitado y pocos mirándose a los ojos, pocos tomándose de las manos, muchos menos diciéndose que se amaban. Ahí, así con sus cuerpos rotos, con sus tristezas compartidas, con sus miedos latentes, con sus trabajos realizados.
Ella los veía a los ojos, y si por alguna razón convergía alguien con ella. Nervioso desviaba la mirada y ella se daba cuenta que cuando creían que ya no los veía, la seguían con la mirada.
Ella necesitaba conocer su medio ambiente, prepararse para lo que sabía iba a pasar y para lo que no sabía podía pasar.
Al final del pasillo junto a un ventanal encontró un sillón cómodo y grande. Y lo convirtió en uno de “sus lugares”
Ahí sentada cómodamente podía ver a través del ventanal, las copas de los árboles, el vuelo de los pájaros, el suave mecerse de las hojas, el brillo de las hojas de los árboles cuando llovía, recrearse con las tonalidades de amanecer y podía hacer suyo ese lugar cuando por ratos contemplando la magnificencia de la naturaleza, oraba, leía, dormitaba, cantaba, escuchaba música y meditaba en su presente. Pero realmente uno de los momentos en que más disfrutaba “su lugar” era cuando recibía el llamado de un ser querido y lo llevaba a “su lugar”. Haciendo de esos momentos especiales, pues estando ella ahí podía a través del ventanal ser uno con la naturaleza y con quien le llamaba.
A veces por momentos cuando menos se lo esperaba el miedo decidido y paciente le hacía saber de su presencia. Y ella tenía que estar alerta para vivirlo, reconocerlo, y darle paso, pero no para dejarlo que instalándose fuera él y no ella la que viviera.
Se presentaba de manera furtiva, a lo mejor a través de un pinchazo, de una mirada esquiva, de un rostro doliente, de un ser solitario, de alguien que caminando pareciera no estar ahí, de ella misma que dejando emerger por momentos sus temores, los hiciera poseedores de su ser, de palabras técnicas que mostraban situaciones de dolor que por no entenderse claramente, confundían más. De hombres y mujeres que apoltronados se metían en sus camas y se negaban a salir de ellas, esperando a ser operados, viviendo como si no pudieran salir de sus camas, cual si hubieran nacido en ellas, sin atreverse a salir al pasillo, sin atreverse a vencer al miedo, con miradas perdidas en el vacío, con miradas anhelantes de las palabras vertidas de los doctores y enfermeras, como si solo viviesen por momentos, y esos momentos al no dejarlos satisfechos les causaran más dolor, confusión e incertidumbre. También se presentaba a través de los que ya operados, dormían o solo veían al techo con miradas perdidas, o si volteaban sus miradas eran vacías, tristes, sin vida o con dolor. Y más desgarrante aún de familiares que junto al enfermo, guardando silencio, con cara abatida o confusa o hastiada, permanecían mudos. No respetando a su familiar enfermo, no con paz en sus semblantes trasmitiendo serenidad, sino más bien estando ahí sin estar, sin saberse que decir, sin saberse que compartir.
Al anochecer cuando se les pedía que debieran irse a sus camas, ella había encontrado el “otro de sus lugares hermosos”. Su cama podía ser aislada con cortinas y uno de sus lados daba a un ventanal muy grande.
Ella podía si cerraba los ojos, “tocar” con su imaginación el gran árbol que entre muchos más albergaba a muchos pájaros cantores. A las grandes copas de los árboles que con diferentes matices de verdes embelesaban su horizonte cercano, a los cerros que a lo lejos por las tardes y por las noches eran pedestal presto para dejar emerger o poner al sol, que con gran majestad irradiaba sus rayos, su luz y su calor a todo aquel que estuviera. A lo lejos se veía la cúpula del templo que ella conocía muy bien, el lugar donde con alegre corazón entonaba alabanzas al Señor, donde siempre es bien recibida por el anfitrión que la espera con brazos abiertos y corazón amante.
Y por las noches y en los amaneceres era un bello cuadro, pues las luces de las casas centellaban, dando vida a los cerros y cual si fueran casitas de nacimiento adornaban con su humildad el horizonte.
Pero no solo eso el cielo cooperaba donando sus más bellos cuadros, nubes de diferentes tonalidades y suaves colores, parvadas de aves que en el amanecer con sus trinos deleitaban el oído, batir de alas que indicaban que era el momento de dormir, la aurora que cual pintor dedicado adornaba con suaves matices su presencia.
Y ella iba presurosa, constante, continua y perseverante a sus dos lugares embelesada de tanta belleza, de tanta magnificencia.
La lluvia haciendo presencia, dejaba traslucir su potencia y el viento sin quedarse atrás participaba de su presencia abrumadora.
Entonces ella se dio cuenta que para vivir plenamente una sonrisa podia alejar, controlar y superar al miedo y al dolor. Y dando sonrisas por doquier, a veces recibidas, otras veces no correspondidas, pero a todos por igual. Empezó a ser reconocida por su nombre, con amabilidad desmedida, con animosidad alegre, con cercanía buscada. Aún a los doctores que al llegar cada día pareciera que lo que tenían enfrente era un caso no un ser doliente, aún ellos se conmocionaban cuando ella con alegría manifiesta, cuando con un saludo cordial, los sacaba de su letargo y los obligaba a verla a “ella”, a hablarle a ella, a contestarle a ella, a participarle a ella que lo que le hacían era algo en lo que ella también tomaba parte.
Y el miedo y el dolor acechando pacientes en cualquier momento esperaban para emerger, para hacerse presentes, para hacerse omnipresentes.
Y llegó el momento crucial, la operación y desde la víspera el miedo se apoltronó más cerca de ella, esperando paciente, y ella lo reconoció, lo asimiló y respetándolo lo controló y lo superó, batalla constante que duró desde una mañana hasta el anochecer.
Y cuando era inminente la cirugía, estando para anestesiarla, con el corazón trepidante, con el pulso desbocado, con la mente lúcida, con los sentimientos encontrados, sola rodeada de gente, respirando acompasadamente le pidió a su cuerpo que cooperara con su mente y buscando armonía empezó a orar al que es su Señor y es poderoso en todo y su mente evocó un momento mágico de su vida. Un abrazo, momento de comunión, momento de plenitud, momento de eternidad compartida y se tranquilizó y con mirada alerta, pensamiento atento y sentimientos a flor de piel, vivió esos momentos a plenitud. Y aunque su corazón galopaba con todo lo que pasaba, ella era ella, ella vivía con el miedo, con el dolor, siguiendo siendo ELLA.
Aún cuando salió adolorida, salió risueña, ella era ella, y necesitaba de toda su fuerza para vencer al siguiente combatiente, el dolor, que con paciencia inusitada había aguardado su lugar, su tiempo.
Lo que no sabía era que ella contaba con la fuerza del Espíritu manifestada a través de las muchas personas que con sus acciones le decían que le amaban, que le cuidaban, que le esperaban.
Y por si por momentos ella desfallecía, algún ser querido con su presencia o su llamada, le recordaba que le amaba, que le acompañaba y le trasmitía la fuerza para seguir siendo ELLA.

Martha Eugenia,
Mujer Mariposa.


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