El "país jardín de infantes" se queda sin su mejor maestra


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La autora infantil ha muerto en Buenos Aires, a los 80 años, tras una larga enfermedad. El dolor de varias generaciones acunadas con su poesía y su música. Un desgarrado adiós del niño que alguna vez hemos sido.

El País / Clarín / La Gaceta / Youtube

“Tapenmé, cuando me muera / con una manta tejida / por mis paisanas. / No se acaben todavía /angelitas de las guardas / ay madres mías.” M.E.W.

SOLEDAD GALLEGO-DÍAZ - Buenos Aires (El País)

En los patios de todas las escuelas argentinas se ha escuchado, y se escucha todavía, a miles de niños cantándole a la tortuga Manuelita: “Manuelita vivía en Pehuajó, pero un día se marchó. Nadie supo bien por qué, a Paris ella se fue, un poquito caminando y otro poquitito a pie”. María Elena Walsh, la autora de esa canción infantil y de una extraordinaria producción literaria tanto para niños como para adultos, murió este lunes en Buenos Aires, a los 80 años de edad, tras padecer una larga y dolorosa enfermedad que la obligó a ir en silla de ruedas los últimos años de su vida. Walsh estaba considerada como uno de los verdaderos mitos de la literatura argentina y era venerada y admirada por toda una sociedad que supo conectar, a todas las edades, con sus obras teatrales y musicales. Walsh, vinculada tanto a la literatura y a la vida intelectual argentina como al espectá■■■■ y la farándula, vivía desde hace años con la fotógrafa Sara Facio. Sus restos serán velados en la sede de la Sociedad Argentina de Autores y Compositores.

“María Elena cambió la literatura infantil en toda América Latina, cambió la manera de ver la infancia y de mirar a los niños, con una actitud nada condescendiente, sino respetuosa e inteligente”, explica María Fernanda Maquieira, que editó su obra completa, tanto infantil como para adultos, en Alfaguara. “Sus textos infantiles tenían una calidad literaria extraordinaria, y era capaz de combinar la literatura clásica y la popular como nadie”. Su obra se alejó del tono moralizante de los cuentos de la época y abrió un mundo nuevo de imaginación y juego, más relacionado con la Alicia de Carroll que con la literatura tradicional argentina. Algunos de sus personajes, como la Tortuga Manuelita (que tiene un monumento en Pehuajó, un pueblo cercano a Buenos Aires), Doña Disparate o Dailan Kifki están ya incorporados a los libros de texto de media América Latina.

María Elena Walsh nació en Ramos Mejía, una localidad de la provincia de Buenos Aires en 1930, hija de una argentina y de un irlandés, empleado de los ferrocarriles y pianista aficionado. Estudió Bellas Artes y se dedicó muy tempranamente al teatro y a la canción, tanto como compositora como cantautora. Su primera obra escrita fue un libro de poemas, que publicó con 17 años y que fue elogiado por Juan Ramón Jiménez y por Jorge Luis Borges. A principios de los 50, formó dúo con la folclorista Leda Valladares, con quien se marchó a París. Regresaron en 1956 y Walsh se metió de lleno en el mundo de la farándula y de la televisión, donde fue siempre muy querida y admirada por sus fabulosos espectáculos. Juguemos en el mundo, creado en 1968, supuso un verdadero acontecimiento que influyó no solo en la canción argentina sino en todo el mundo cultural latinoamericano. Sus canciones figuraron en el repertorio de Mercedes Sosa y de otros muchos intérpretes de todo el continente.

“María Elena Walsh era una intelectual, librepensadora, comprometida con su tiempo, pero si hubiera que resaltar un solo rasgo de su carácter yo hablaría de su formidable sentido del humor, su ironía y su delicadeza”, asegura Maquieria. La cantante Susana Rinaldi explicó su admiración por la escritora: “María Elena formó a muchas generaciones en una percepción determinada de la sociedad gracias a sus libros y canciones. Ella siempre guardaba una distancia de respeto con los nenes. Le impresionaba la naturaleza humana”.

“Fue un ser libre que hizo lo que quiso en cada época de su vida y nunca lo que se esperaba de ella”, aseguró a EL PAÍS el escritor Leopoldo Brizuela, con quien mantuvo una gran amistad. Brizuela resaltó su actitud valiente durante la dictadura militar (sus canciones fueron prohibidas y ella publicó un artículo que se hizo famoso en el que acusaba al gobierno de pretender convertir “uno de los más lúcidos centros culturales del mundo en un jardín de infantes”) y su decidido compromiso con el feminismo en una época en la que no era nada frecuente expresarse con esa libertad.

“Walsh, que fue una ferviente y temprana admiradora de Jorge Luis Borges, es muy parecida a él, en el sentido de que representa muy bien a la clase media argentina de principios de siglo y que, como él, fue capaz de conectar corrientes culturales muy diversas”, explico Brizuela… “Hasta el final mantuvo una formidable voracidad lectora”, explicó María Fernanda Maquieira. En una de sus últimas entrevistas, en el diario Clarín, mostró su enfado por la pobreza de lenguaje que apreciaba cada vez más en los niños y realizó una encendida defensa de la educación infantil. “Además en la literatura, muchos escritores deciden escribir más sencillamente, tal vez imitando la pobreza de los chicos, cosa que a mi no me gusta, aunque respeto a quien lo quiera hacer”. “La vida es muy triste sin diccionarios”, sentenció, con visible irritación. Ayer, prácticamente todos los canales difundieron, una y otra vez, sus canciones más famosas: “La leche tiene frío y la abrigaré. Le pondré un sobretodo mío, largo hasta los pies”.

Habla el mono moto loco

El pibito corría con un casco de plástico alrededor de la mesa. Él era el mono moto loco. Corría y escuchaba, deseoso de llegar a ese final dramático donde el mono se hace pelota.

Para él, el mono se moría. Posta. Y podía sentirlo en esa voz celestial. No se percataba que al final, según la canción, parecía estar bien. Se quedaba con el momento en que la moto le quedaba de sombrero. Esquivaba sillas y veía como se llevaba por delante todo con su moto hecha de aire y corrida. Y al final chocaba con lo que tenía adelante y se quedaba tirado ahí, jugando el drama del pobre mono loco que iba en moto, una y otra vez.
Qué divertido era.

Pucha, ahora la escucho y se me hace un ■■■■■■■ nudo en la garganta. Y no es porque hoy ha fallecido esa voz celestial. No. Es porque esa canción es como un rayo; de los más poderosos; que me vapulea y me recuerda que hace mucho que no soy el mono moto loco.

Blog Elviajesecreto (Darío García)

Sin embargo estoy aquí, resucitando
El tamaño de la tristeza
Por Andrea Ferrari *

Para las muchas generaciones que crecimos con los libros y la música de María Elena Walsh, es difícil pensar en ella separándola de la experiencia personal. ¿Quién es capaz de recordar cuándo oyó hablar por primera vez del Mono Liso o de la tortuga viajera? La impresión que teníamos entonces era que esas historias eran tan parte de la infancia como la leche chocolatada, que siempre habían estado, que permanecieron cuando nos distrajimos con el rock y los libros “de adultos” y que, por suerte, seguían estando ahí cuando las quisimos para nuestros hijos. Pero hubo una época en que no habían llegado. Y si las creaciones de Walsh perduraron tanto en el tiempo fue por su furiosa originalidad, por la ruptura que significaron con el pasado.

En la literatura infantil la irrupción de María Elena fue una ventana abierta para airear tanto cuento acartonado, plagado de diminutivos y moralejas. Ella se plantó en contra del pedagogismo imperante en las historias para chicos. Se propuso darles más juego, más goce y menos “enseñanzas”. Haciendo eje en el humor, sus obras cuestionaron las verdades establecidas, se rieron de la autoridad, combatieron la solemnidad a través de la irreverencia. En la línea del nonsense inglés, implantó el disparate, experimentó con palabras y sonidos y se permitió poner al mundo patas para arriba.

Walsh no sólo moldeó a varias camadas de lectores, sino también a los escritores que vinieron después. Es tan difícil aislar hoy a la literatura infantil argentina de su influencia como al rock de la marca de Los Beatles.

Para las generaciones que consumieron, cantaron y repitieron las historias de María Elena hoy es un día triste. Una tristeza grande, como de elefante. Y sabemos gracias a ella que una tristeza de elefante es mucho mayor que una tristeza de persona. Es capaz de inundar casas, provocar vendavales, hacer despegar todas las estampillas del correo y varias catástrofes más.

Lamentablemente, se desconoce el paradero de aquel bombero de la manguera a lunares y el hacha brillante como la luna.
Página 12

“Desventuras en el país Jardín de Infantes”

Texto completo de María Elena Walsh

La muerte de María Elena Walsh Desventuras en el país Jardín de Infantes Si alguien quisiera recitar el clásico “Como amado en el amante / uno en otro residía…” por los medios de difusión del País-Jardín, el celador de turno se lo prohibiría, espantado de la palabra amante, mucho más en tan ambiguo sentido.

Imposible alegar que esos versos los escribió el insospechable San Juan de la Cruz y se refieren a Personas de la Santísima Trinidad. Primero, porque el celador no suele tener cara (ni ceca). Segundo, porque el celador no repara en contextos ni significados. Tercero, porque veta palabras a la bartola, conceptos al tuntún y autores porque están en capilla.

Atenuante: como el celador suele ser flexible con el material importado, quizás dejara pasar “por esa única vez” los sublimes versos porque son de un poeta español.

Agravante: en ese caso los vetaría sólo por ser poesía, cosa muy tranquilizadora.

El celador, a quien en adelante llamaremos censor para abreviar, suele mantenerse en el anonimato, salvo un famoso calificador de cine jubilado que alcanzó envidiable grado de notoriedad y adhesión popular.

El censor no exhibe documentos ni obras como exhibimos todos a cada paso. Suele ignorarse su currículum y en que necrópolis se doctoró. Sólo sabemos, por tradición oral, que fue capaz de incinerar La historia del cubismo o las Memorias de (Groucho) Marx. Que su cultura puede ser ancha y ajena como para recordar que Stendhal escribió dos novelas: El rojo y El negro, y que ambas son sospechosas es dato folklórico y nos resultaría temerario atribuírselo.

Tampoco sabemos, salvo excepciones, si trabaja a sueldo, por vocación, porque la vida lo engañó o por mandato de Satanás.

Lo que sí sabemos es que existe desde que tenemos uso de razón y ganas de usarla, y que de un modo u otro sobrevive a todos los gobiernos y renace siempre de sus cenizas, como el Gato Félix. Y que fueron ¡ay! efímeros los períodos en que se mantuvo entre paréntesis.

La mayoría de los autores somos moralistas. Queremos —debemos— denunciar para sanear, informar para corregir, saber para transmitir, analizar para optar. Y decirlo todo con nuestras palabras, que son las del diccionario. Y con nuestras ideas, que son por lo menos las del siglo XX y no las de Khomeini.

El productor-consumidor de cultura necesita saber qué pasa en el mundo, pero sólo accede a libros extranjeros preseleccionados, a un cine mutilado, a noticias veladas, a dramatizaciones mojigatas. Se suscribe entonces a revistas europeas (no son pornográficas pero quién va a probarlo: ¿no son obscenas las láminas de anatomía?) que significativamente el correo no distribuye.

Un autor tiene derecho a comunicarse por los medios de difusión, pero antes de ser convocado se lo busca en una lista como las que consultan las Aduanas, con delincuentes o “desaconsejables”. Si tiene la suerte de no figurar entre los réprobos hablará ante un micrófono tan rodeado de testigos temerosos que se sentirá como una nena lumpen a la mesa de Martínez de Hoz: todos la vigilan para que no se vuelque encima la sémola ni pronuncie palabrotas. Y el oyente no sabe por qué su autor preferido tartamudea, vacila y vierte al fin conceptos de sémola chirle y sosa.

Hace tiempo que somos como niños y no podemos decir lo que pensamos o imaginamos. Cuando el censor desaparezca ¡porque alguna vez sucumbirá demolido por una autopista! estaremos decrépitos y sin saber ya qué decir. Habremos olvidado el cómo, el dónde y el cuándo y nos sentaremos en una plaza como la pareja de viejitos del dibujo de Quino que se preguntaban: “¿Nosotros qué éramos…?”

El ubicuo y diligente censor transforma uno de los más lúcidos centros culturales del mundo en un Jardín-de-Infantes fabricador de embelecos que sólo pueden abordar lo pueril, lo procaz, lo frívolo o lo histórico pasado por agua bendita. Ha convertido nuestro llamado ambiente cultural en un pestilente hervidero de sospechas, denuncias, intrigas, presunciones y anatemas. Es, en definitiva, un estafador de energías, un ladrón de nuestro derecho a la imaginación, que debería ser constitucional.

La autora firmante cree haber defendido siempre principios éticos y/o patrióticos en todos los medios en que incursionó. Creyó y cree en la protección de la infancia y por lo tanto en el robustecimiento del núcleo familiar. Pero la autora también y gracias a Dios no es ciega, aunque quieran vendarle los ojos a trompadas, y mira a su alrededor. Mira con amor la realidad de su país, por fea y sucia que parezca a veces, así como una madre ama a su crío con sus llantos, sus sonrisas y su caca (¿se podrá publicar esta palabra?). Y ve multitud de familias ilegalmente desarticuladas porque el divorcio no existe porque no se lo nombra, y viceversa. Ve también a mucha gente que se ama —o se mata y esclaviza, pero eso no importa al censor— fuera de vínculos legales o divinos.

Pero suele estarle vedado referirse a lo que ve sin idealizarlo. Si incursiona en la TV —da lo mismo que sea como espectador, autor o “invitado”— hablará del prêt-à-porter, la nostalgia, el cultivo de begonias. Contemplará a ejemplares enamorados que leen Anteojito en lugar de besarse. Asistirá a debates sobre temas urticantes como el tratamiento del pie de atleta, etcétera.

El público ha respondido a este escamoteo apagando los televisores. En este caso, el que calla —o apaga— no otorga. En otros casos tampoco: el que calla es porque está muerto, generalmente de miedo.

Cuando ya nos creíamos libres de brujos, nuestra cultura parece regida por un conjuro mágico no nombrar para que no exista. A ese orden pertenece la más famosa frase de los últimos tiempos: “La inflación ha muerto” (por lo tanto no existe). Como uno la ve muerta quizás pero cada vez más rozagante, da ganas de sugerirle cariñosamente a su autor, el doctor Zimmermann, que se limite a ser bello y callar.

Sí, la firmante se preocupó por la infancia, pero jamás pensó que iba a vivir en un País-Jardín-de-Infantes. Menos imaginó que ese país podría llegar a parecerse peligrosamente a la España de Franco, si seguimos apañando a sus celadores. Esa triste España donde había que someter a censura previa las letras de canciones, como sucede hoy aquí y nadie denuncia; donde el doblaje de las películas convertía a los amantes en hermanos, legalizando grotescamente el incesto.

Que las autoridades hayan librado una dura guerra contra la subversión y procuren mantener la paz social son hechos unánimemente reconocidos. No sería justo erigirnos a nuestra vez en censores de una tarea que sabernos intrincada y de la que somos beneficiarios. Pero eso ya no justifica que a los honrados sobrevivientes del caos se nos encierre en una escuela de monjas preconciliares, amenazados de caer en penitencia en cualquier momento y sin saber bien por qué.

Es verdad que no toda censura procede “de arriba” sino que, insisto, es un antiguo deporte de amanuenses intermedios. Pero el catonismo oficial favorece —como la humedad a los hongos— la proliferación de meritorios y culposos. Unos recortan y otros se achican. Y entre todos embalsamamos las mustias alas de cóndor de la República.

Nuestra historia —con sus cabezas en picas, sus eternos enconos y sus viejas o recientes guerras civiles— nos ha estigmatizado quizás con una propensión latente represiva-intervecinal que explota al menor estímulo y transforma la convivencia en un perpetuo intercambio de agravios y rencores.

No es ejemplo actual sino intemporal, digamos, el del taxista calvo que “fusilaría a los muchachos de pelo largo”. El del culto librero que una vez, al pedirle un libro feminista, me reprochó: “Vamos, no va a ponerse a leer esas cosas…” (“Nena, eso no se toca.”) O el del director de una sala que exigió a un distinguido coreógrafo que no incluyera “danza demasiado moderna ni con bailarinas muy desvestidas”. (“Nene, eso no se hace.”)

Quienes desempeñan la peliaguda misión de gobernarnos, así como desterraron —y agradecemos— aquellas metralletas que nos apuntaban por doquier en razón de bien atendibles medidas de seguridad, deberían aliviar ya la cuarentena que siguen aplicando sobre la madurez de un pueblo (¿se acuerdan del Mundial?) con el pretexto de que la libertad lo sumiría en el libertinaje, la insurrección armada o el marxismo frenético.

Y si de aplacar la violencia se trata, ¿por qué no se retacean las series de TV o se sanciona a los conductores que nos convierten en virtuales víctimas y asesinos?

Creo necesario aunque obvio advertir que en las democracias donde la libertad de expresión es absoluta la comunidad no es más viciosa ni la familia está más mutilada ni la juventud más corrompida que bajo los regímenes de exagerado paternalismo. Más bien todo lo contrario. Delito e irregularidad son desgraciadamente productos de nuestra época (y de otras) y se dan en casi todos los países excepto los comunistas. ¿Son ellos nuestro ideal?

Aun la pornografía —que personalmente detesto, en especial la clandestina y la española— y las expresiones llamadas de vanguardia, pasado un primer asalto de curiosidad, son naturalmente relegadas a un gueto: barrios, salas, círculos. Y allí va a buscarlas el adulto cuando tiene ganas, así como va a sintonizar debates sobre temas vigentes durante el horario de protección al menor.

Se supone que, en cuanto el censor desaparezca, los primeros en aprovechar del recreo serán los descomedidos de siempre, que reflotarán una grosera contra-cultura. Pero a la larga resultarían relegados siempre que una debida promoción (que hoy tampoco existe) de los honestos los lleve a ocupar las posiciones más evidentes.

El abuso puede ser controlable mediante una coherente reglamentación, pero es preferible mil veces correr los riesgos que entraña la libertad, por lo mucho de positivo que engendra, que asustamos a priori para ser pobres pero honrados, niños pero atrasados, que no es lo mismo que puros.

En cambio los tortuosos mecanismos que paralizan preventivamente la cultura sí contaminan y achatan a toda la familia social y no sólo le vedan el acceso a las grandes ideas sino que generan fracaso, reyertas e hipocresía… vicios poco recomendables para una familia.

En lugar de presentar certificados de buena conducta o temblar por si figuramos en alguna “lista” creo que deberíamos confesar gandhianamente: sí, somos veinticinco millones de sospechosos de querer pensar por nuestra cuenta, asumir la adultez y actualizamos creativamente, por peligroso que les parezca a bienintencionados guardianes.

María Elena Walsh.

http://www.intramed.net/contenidover.asp?contenidoID=69135&uid=443507


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