El ultimo suspiro (cuento)


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DECAPITACION O EL ÚLTIMO SUSPIRO.

“No se pero me parece conocer a la muerte o empezarla a conocer. Sensación de asfixia. Latidos del corazón, quitar elementos vitales, sufrimientos: eso es la muerte.” José Hinojosa Ortiz. Manuscrito póstumo.

Al fin estoy aquí, tirado en la mesa de operaciones, encerrado en esta sala blanca con olor a medicina, tranquilo y hasta gozoso aunque me molesta el fulgor deslumbrante del reflector pendiente arriba de mí y el ajetreo de cirujanos, anestesistas, ayudantes y enfermeras atareados en los preparativos de la operación a la que voluntariamente he decidido someterme, y no para cortar miembros ó tejidos podridos, inútiles ó lastimados, no. Nada de amputaciones comunes y corrientes para suprimir quejumbres; se trata del último escalón de una ascensión hacia el dominio de las corrupciones de la carne que inicié desde niño, con tropiezos y todo, pero sin perder jamás el rumbo según creo humildemente. Para suprimir los riesgos de mi hazaña al mínimo tuve que esperar el desarrollo de la medicina y de la técnica quirúrgica, pero todo ha llegado ya y ahora nomás espero que empiece el destazamiento indoloro de mi decapitación con lo que podré después elevarme a las esferas más altas del pensamiento.
¿Porque llegué a esta decisión y como? Ante lo brillante del porvenir que me espera no importa mucho hurgar en el pasado pero es imposible impedir que algo de él, descontrolado como estoy por la inducción de la anestesia, se me cuele por las rendijas de la memoria. Quizá la fuente remota de mi afán sea mi propensión hereditaria a la soledad. Desciendo de los grandes solitarios que, al derrumbarse el Imperio Romano, pelearon por conservar el orden y cansados del caos y de una sociedad que al fin de cuentas no les importó salvar, se aislaron en los conventos, en las cuevas, ó en el desierto para salvarse, cuando menos, a sí mismos huyendo de la realidad desordenada por los atajos de la vida interior. Algún gene ermitaño saltó a lo largo de las generaciones y apareció en el momento de mi concepción, e hizo notar luego su presencia conformadora. De ahí que, en lo más agitado de los juegos pueriles, de repente algo me apartara de la turba bulliciosa para irme a sentar en el quicio de la puerta de mi casa, la cabeza pensativa entre las manos, ajeno a todo, furioso cuando alguien intentaba sacarme de mis cavilaciones; de ahí que, impulsado por fuerzas ancestrales, me fuera a pasar las vacaciones a un pueblo rural escondido en las soledades de la Sierra por donde vagaba en silencio nada más perturbado por el rumor de los pinos; de ahí que, en las noches estrelladas, metido en la troje apenas alumbrada por una vela toda mi familia fuera atendiendo en el templo de la devoción del rosario me sintiera por completo desligado de los demás como si fuera el único habitante del universo.
Con el transcurso de los años esta tendencia a la soledad fue germinando abonada por mi propia afición al estudio lo mismo que por las circunstancias sociales en que crecí y maduré. Me enfrasqué en las matemáticas, la física, la astronomía y de ahí pasé, casi sin tropiezo, a los problemas filosóficos: el sentido del universo, la teoría del conocimiento, la inmortalidad del alma, la velocidad de la luz, la existencia de Dios…Recogido en mi cuarto de soltero, repasaba horas y horas hurgando libros, consultando notas, reflexionando sobre problemas cuya resolución a veces acertaba, ejercitando mis capacidades de análisis y de síntesis; pero a medida que me sumía más y más en las honduras de la ciencia, comprobaba como el sentido último de las cosas quedaba más allá del alcance de mis manos pues, a fin de cuentas, el conocimiento no venía a ser más que un reflejo de lo externo de mi conciencia, una simple imagen del mundo que a lo mejor, como todas las imágenes, resultaba ilusoria.
Deseando o no, muchas veces tenía que abandonar mi reclusión para desfogar urgencias carnales con amigas complacientes, a pesar de que sabía que estas salidas nada más mermaban, por algún tiempo, mi potencia intelectual. Pronto regresaba a mi retiro, sin embargo; fuera no había nada excitante que hacer. La técnica había progresado tan rápidamente que todos los trabajos físicos, antes encomendados al hombre, habían sido sustituidos por máquinas ahorradoras del más leve esfuerzo muscular. La invasión masiva de las máquinas monopolizadoras de los quehaceres humanos, había acarreado consigo, como consecuencia natural, una reglamentación al muy precisa de la sociedad en la que todo estaba previsto al mínimo detalle y no se daba ocasión al azar. Se había, pues, arrancado de inmediato la aventura produciéndose una atrofia general de la conciencia que perdía, entre otras, su aptitud para la admiración y la sorpresa.
Acostumbrado a la excitación del descubrimiento teórico, pronto me aburría en este mundo exterior imposibilitado de ofrecerme sobresaltos, y regresaba a mi encierro con ánimos renovados de proseguir mis indagaciones seguro de que algún día podría descifrar el gran enigma.
Pasaron días, meses, años y ¡nada! La edad avanzaba más aprisa que mis descubrimientos y conquistas intelectuales. Cada vez me dolía más a lo hondo el correr del tiempo que me acortaba, cada parpadeo, las posibilidades de éxito, y un terror de no llegar oportunamente a la meta, empezó a viciarme obstaculizando - ¡qué desgracia! - el antes libre ejercicio de mi lógica. Llegué a desesperar ante el tic-tac del reloj y las puertas cerradas de mi cuarto, y casi a punto de rendirme leí una noticia salvadora: ¡se había logrado conservar, funcionando viva, la cabeza amputada de un perro!: solo algunos días, abría el hocico, movía las orejas al llamársele por su nombre, miraba turbiamente con tristeza inexplicable, nada más … pero ya era posible disecar el cerebro de un animal superior y mandar a la tumba la cáscara inútil de su cuerpo, mientras se bombea la sangre adecuada que mantiene alerta la materia gris. Apasionadamente seguí las huellas de este desarrollo que fue perfeccionándose con la velocidad de todas las innovaciones técnicas.
Pronto se alargó el tiempo de funcionamiento normal del cerebro alimentado artificialmente en el laboratorio, luego se experimentó con cerebros de antropoides con éxito sorprendente, y finalmente se ascendió al último escalón del cerebro humano. Los ajusticiados fueron los primeros conejillos de indias, también los muertos de repente. El éxito experimental promovió un verdadero boom de donadores de cabeza que, por lo general, eran enfermos incurables ansiosos de vivir un poco más lo que aumentó el área de experimentación permitiendo llegar, en forma acelerada, al sistema de alimentación artificial más adecuado para mantener funcionando el cerebro humano indefinidamente sin deterioro alguno. El colmo de mi buena suerte fué que esta investigación científica intensiva condujo al descubrimiento de las sustancias químicas que almacenan la información del cerebro -en que consiste su memoria-, así como las que la transmiten y combinan y hacen posible el pensamiento. ¡Había llegado mi hora!
Arreglé todas mis cosas para someterme a la operación de cortarme la cabeza. Mi futura vida sin cuerpo, entregada de lleno a las tareas intelectuales, no necesitaba mas que la provisión uniforme y constante de sangre oxigenada lo que aseguré con importantes donaciones a este hospital que será mí futura morada. El resto lo regalé a parientes y amigos con la liberalidad del que va a suprimir en un suspiro sus necesidades corporales en la sala de operaciones.
La Amputación total del cuerpo es claro que me coloca en una situación superior a la de los antiguos anacoretas, que tenían que luchar contra el hambre y el frío, vivir en cuevas o trepados en rocas para protegerse de las fieras, sujetos a inclemencias sin fin que les quitaban tiempo y los retrasaban en sus búsquedas de Dios. En cambio yo con el cerebro alivianado de todas sus tareas corporales y trabajando a toda capacidad con sus diez mil millones de células nerviosas, puedo llegar más lejos sin distraerme en arañar la tierra en busca de raíces alimenticias. Por lo demás mi aislamiento será total, ni siquiera sonado por mis predecesores. Quiero ser anacoreta técnicamente perfecto, según lo tengo bien pensado, pero como la perfección no se dá de pronto, habrá que conquistarla paso a paso.
Lo primero será -¡claro!- recuperarse del dolor de la decapitación. No tanto del dolor físico, no. Con los anestésicos modernos el dolor de la carne puede suprimirse, no así la pena que muy adentro causa toda amputación. Lo sé por mí mismo, lo he experimentado en cabeza propia. De chico me perdí el pie izquierdo a la altura del tobillo que no me dejaba ni siquiera pensar en apoyarlo para caminar- ya que el muñón resultante de la amputación asemejaba una pata de pavo-bueno esos eran mis primeros pensamientos antes de la intervención quirúrgica. Al despertar de la anestesia, me dí cuenta luego que algo de mi faltaba en forma irrecuperable. No puedo soportar la vista del muñón vendado sin que se me humedecieran los ojos y me invadiera una nostalgia de integridad corporal que pronto supere -confieso-. Ahora, ¿que será con todo el cuerpo tronchado. Aunque estimo el amor al físico como una pasión baja, no deja de preocuparme el momento en que abra los ojos y compruebe que ha desaparecido todo: brazos, muslos, piernas, pies, pecho, estomago, sexo… De seguro me consolará el saber que estoy accediendo a una vida mejor, pero¿ como evitar ese momento de añoranza?. Me esforzaré por taponar mis lagrimales imaginándome lo risible que resultaría ver correr por los cachetes de una cabeza amputada, casi en los lindes de la sabiduría, los salados goterones de una pena puerilmente derramada
Estoy fortalecido para resistir los trastornos sentimentales de mi nuevo estado; de cualquier modo, no quise correr el riesgo de una descarnada total con supresión de plano de todos los sentidos. Al despertarme de mi primera poda seguramente me aquejará una sensación dolorosa de hondo vacío como cuando, después de la muerte inesperada de un allegado, se dá uno cuenta de repente que ha perdido para siempre a un ser entrañable y extrañable. Acostumbrado a dirigir todas las funciones corporales, aún las inconcientes, mi cerebro resentirá la pérdida de sus controles zoológicos, y yo me inundaré de tristeza. Quizá mi cerebro intente mover una pierna ó un brazo impulsado por la inercia de la costumbre, sin querer aceptar la pérdida todavía, pero pronto se dará cuenta que ya no le pertenecen y que debe resignarse a la inmovilidad. He dado instrucciones precisas para que se retire de mi vista el tronco cercenado no sea que mi sesera, acostumbrada con la integridad corporal que manejó por años, descargue intempestivamente su susto que puede llenarme la boca con gritos lastimeros de horror. Si me aqueja mucho la melancolía, lo que es posible al principio, suplicaré que se me inyecte un soporífero con información regocijante que me haga soñar por horas, como ciertas, las utopías más irrealizables.
Pasadas las turbulencias sentimentales que siempre he tratado de sojuzgar sin éxito completo, y centrada otra vez la voluntad en su dominio, seguiré adelante hasta lo máximo. Apoyado en la experiencia de mi trance anterior, iré suprimiendo cautelosamente, poco a poco, lo que me resta de sentidos, primero los menos útiles para mi nueva tarea racional. El tacto habrá ya caído con las manos y el cuerpo, y apenas si quedará un resto minúsculo en la piel de mi cara todavía sensible a la temperatura tibia de estos meses primaverales. El olfato también se irá sin mayores glorias, con la desaparición de la respiración al cortarse el fuelle de los pulmones. Les seguirá el oído al que adeudo los placeres, casi matemáticos, de la música de Bach pero que entonces me molestará con el zumbido constante del mecanismo eléctrico que incansablemente bombeará sangre fresca a mi cerebro. Entraré así al ámbito del silencio absoluto en donde germina exuberante la meditación, y olvidaré aprisa el sonido de las palabras de las que sólo guardare su signo. El gusto habrá quedado sin uso ante la innecesaria ingestión de alimentos, control inútil de comidas superfluas por la carencia actual de aparato digestivo. No me resentiré por la supresión de la lengua ya que la palabra hablada resulta instrumento de comunicación imperfecto frente a la transmisión telepática que he perfeccionado y de seguro mejoraré en mi nuevo estado. Quizá lo más duro sea prescindir de la vista no por los goces que me deparé -¡que podrá ver dentro de mi reducto hermético!- sino por el prestigio literario de que ha gozado a lo largo de la historia donde ha corrido asociada nada menos que con la inteligencia. Recuérdese la tésis del pensamiento como una forma de visión clara, y por otro lado, la alta categoría de la luz poseedora de un ser tan sutil como la manera de ser de la ideas. Por eso hubo un tiempo en que me preocupó el temor de que los trastornos visuales se reflejarán en mi propio pensamiento. Si no me hubieran convencido de que sumirse en las tinieblas de la ceguera no enturbia para nada la diafanidad intelectual, no permitiría que se apagaran mis ojos, y los dejaría abiertos aunque sólo fuera para ver el despuntar del sol y como se vá ensombreciendo su resplandor hasta que anochece.
Despojado de las presiones sensuales y de las insidias de los pecados capitales más ineludibles porque brincan de la fisiología, dedicaré todas mis energías, ya sin distracciones, al desarrollo completo de mis facultades cerebrales. Para eso me habré ido despojando de todo lo mío con la minuciosidad sistemática del que quiere borrar cualquier rastro de personalidad propia incluyendo los recuerdos. Operando el cerebro a toda máquina en el mero centro de una soledad obscura y silenciosa, y aventados los lastres personales, estaré listo para dar el gran salto e intentaré la más grande proeza cognoscitiva. [Estoy seguro que a medida que me quite de lo mío, me iré sumergiendo en lo ajeno y comprendiéndolo más y más y se irá eliminando la diferencia entre sujeto y objeto, entre el yo que conoce y el mundo conocido, entre las cosas y sus imágenes -ó sombras- en mi conciencia. Saber no consistirá en una simple reflexión de algo externo que de alguna manera se retrata en la mente, sino una inmersión en el todo, una confusión con el universo para llegar a la parte más apretada, desde donde podré aprender fácilmente su verdadero sentido porque se habrá identificado conmigo y seremos lo mismo. Quizá no pueda traducir mi descubrimiento al lenguaje humano, y sólo telepatíe a los demás un glifo indescifrable que no se entenderá hasta que los hombres sepan el lenguaje de los Dioses. No me importará la pequeña vanidad de inmortalizarme como descubridor de algo trascendente porque en ese momento estaré confundido con el todo y no seré yo y habré superado no sólo las urgencias del saber que me han aquejado desde chico sino las angustias de la muerte que me han empezado a molestar de grande. Sabio y sin el temor físico a la muerte ¿que más puedo desear? Sin gota de egoísmo seguiré pensando en beneficio de la humanidad en el casillero aséptico que me tienen asignado en este banco de cerebros del Centro Médico más grande del mundo. No sé por cuanto tiempo. Ni me importa pues al fin habré perdido todo lo que podría retenerme en este mundo.
El principio del viaje irreversible me lo anuncia la negrura de esta mascarilla que manos enguantadas me acercan a la nariz. Me aconsejan respirar despacio, profundamente. Un olor dulzón me llega hasta los tuétanos, ligera somnolencia me cierra los párpados que me tapan la mirada con su manto rojo. Empiezo a flotar lleno de una alegría de fuente desconocida, pero de pronto me doy cuenta de lo que va a pasar y el cuerpo se me llena de espanto. Quiero gritar, salir corriendo, zafarme… pero la anestesia me somete a la mesa de operaciones, y el cerebro restablece su dominio sobre esta póstuma, callada rebeldía de la carne ¡■■■■■■■ gene eremita! alcanzo a pensar mientras siento que voy cayendo aprisa en un pozo inodoro, intáctil, insípido, obscuro y silencioso.

Agosto 2007.
José Manuel Hinojosa A.


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