La Cita


#1

…… El tren apresaba el tiempo violentamente. En el exterior hacía algo de frío, pero mi corazón latía agitadamente.

No sabía muy bien a cuento de qué estaba yo allí, pero tampoco convenía hacerse uno preguntas indiscretas a sí mismo. Eso me propuse.

En la hora justa que tardó el tren en llegar a su destino, se disiparon todas mis dudas. Tenía que enfrentarme por mi mismo a un encuentro que yo ya había decidido hace años. Me subí el cierre de la chamarra, me emboqué el abrigo hasta los puños y me dispuse a enfilar el largo andén hasta la salida de pasajeros.

En la sala de entrada, una llamada al celular me sobresaltó:

  • ¿Dónde estas?

  • Justo detrás de Tí,- contesté yo. Date la vuelta y me verás.

  • Ah, ya te veo. Adelante, sígueme.

Y colgó. Vi como ella se guardó el teléfono en su bolso y subió rauda hasta la puerta que da a la calle de de la estación. Llevaba un abrigo gris, pantalones de pana oscuros y zapatos de punta en piel marrón. En su mano derecha sostenía un paraguas azul cogido de la punta y una mochila tipo bagpack colgaba de su hombro derecho. La seguí.

… Caminaba deprisa, así que tuve que emplearme a fondo para no perderla de vista. Subía las empinadas calles a más velocidad que yo y eso que parecía de constitución más frágil y delgada (lo que es la costumbre, no?), o al menos eso intuí a simple vista.

Apenas volvió la cabeza para comprobar si yo la seguía; salvo una sola vez que dobló una esquina y me miro. Me ponía nervioso seguir a una mujer que apenas conocía, salvo una o dos veces a lo sumo en que coincidimos acompañados de más gente.

Hoy llevaba el pelo suelto con algunas mechas rubias, pero estaba acostumbrado a verla con el pelo recogido en una simple cola de caballo y además hubiera jurado que cuando la vi la primera vez era morena.

Pero no era cuestión para detenerse en detalles y sí en continuar mi persecución hasta el punto convenido por ella en el encuentro. Nadie debería vernos hasta llegar a su término, así al menos me lo expresó cuando quedamos.

En los pasos peatonales, con el semáforo puesto en rojo, yo descansaba. Me llevaba fatigado. Ella entonces cruzaba las piernas y movía su paraguas de un lado a otro.

Yo dudaba entre situarme detrás de ella, justo al lado, o tres o cuatro pasos más allá. Recuerdo en aquel instante como los demás peatones me miraban. Yo no perdía de vista a la muchacha, pero al mismo tiempo me sentí observado por una multitud de ojos.

Me pareció estar viviendo el rodaje de alguna de esas películas de Bond, James Bond.

… Cuando cruzamos la plaza de Atocha para desembocar directamente al Museo Reina Sofía, ella aminoró la marcha. Quise entonces acercarme más, pero pensé que quizás era aventurarse demasiado, ya que sus instrucciones fueron claras. Ella continuó su camino sin volver la vista, al menos para comprobar si yo la seguía, pero debió entender que unos pasos detrás de los suyos eran en realidad los míos.

En el siguiente cruce de calles, cuando enfilábamos la calle de Atocha, me situé a su lado. Apenas olía su perfume suave, delicado. Al notar mi presencia desvió su mirada y siguió caminando ahora más deprisa que antes. Yo en ese momento estaba deseando enfrentarme a sus ojos y sus labios, verla de frente, profundamente…

Madrid se pobló en ese instante de un tono gris, mezcla del smog de los coches y el humo de los calefactores.

Y la tarde se volvió oscura y lóbrega, anunciando el fin del otoño. Las luces de la próxima navidad colgaban ya de las hojas de los árboles y daban un aire “kistch” a la mega ciudad.

El rugir del tráfico apenas me hacía escuchar el castañear de sus tacones.

Subiendo por la calle de Atocha, noté que ella metía la mano en su bolso y sacaba unos lentes oscuros. Se los colocó y siguió caminando. Sentí un estremecimiento entonces porque pensé que si se había colocado esos lentes oscuros habiendo ya casi anochecido es porque no quería que la descubrieran, o que nos descubrieran a ambos, que tanto dá.

En un momento determinado de la caminada, torció de repente hacia la derecha, hacia un callejón aún en obras, que terminada en una valla metálica. Pensé que allí sería el deseado encuentro, pero ella siguió caminando hasta encontrar una salida justo antes de terminar la valla.

Intenté llegar hasta ella acercándome más y la espeté:

- No crees que ya hemos caminado bastante?

La agarré del brazo en ese momento e intenté acercarle una de mis manos pero ella me contestó:

- No me toques y sígueme. Por aquí todavía nos pueden ver.

Le hice caso. Pero esta vez decidí caminar a su lado, muy cerca de ella y lo consintió, aunque la noté nerviosa, imprecisa en sus movimientos, como queriendo dar a entender que no me conocía de nada. Y en realidad era así. Éramos unos perfectos desconocidos, aunque teníamos datos el uno del otro lo suficientemente precisos como para ser calificados de algo más que amigos.

Así, uno al lado del otro pero sin rozarnos apenas, ni saludarnos, seguimos caminando sin mirarnos a la cara. Bueno, yo si la miraba a ella, pero no hallaba correspondencia detrás de sus lentes oscuros.

Después de dar un buen rodeo, empinamos la calle Huertas en busca de un lugar donde sentarnos y hablar. Esa calle de Madrid ha visto desfilar a cientos de escritores y artistas de la lengua española y oír como platicaban en sus infinitas tertulias sobre sus obras inacabadas o inéditas. Allí, bajo el refugio de un café, han desfilado lo más granado de la literatura española.

… Cruzamos de cuando en cuando frases intrascendentes, en tono bajo y sin mirarnos, frases sin sentido, palabras sueltas; nos encontramos con un director novel que rodaba en plena calle algún “Squetch” para televisión, pero todos los restaurantes y bares o se encontraban cerrados o permanecían vacíos. No había literatos en aquel momento por aquellos lares, así que bordeando la calle por la carrera de San Jerónimo decidí proponerle, en voz muy baja, que fuéramos a Alcalá, a algún café solitario y allí hablaríamos de todo lo que teníamos pendiente.

Ella aceptó gustosa haciéndome saber que si bajábamos por Alcalá no me arrimase mucho a ella para que no nos identificaran juntos; que caminara a su lado pero sin acercarme demasiado. Acepté sus sugerencias, más bien con desgana, pero tenía desde hace un buen rato unas ganas tremendas de agarrarme de su brazo y caminar juntos.

Alcalá quedaba cerca así que no transcurría mucho tiempo hasta que la tuviera enfrente de mí y pudiera hablarla. Atemperé mis ansias de estar lo más cerca posible de ella y me contuve.

Estaba seguro de que esta situación la viví en algún momento, aunque también estaba convencido de haberlo soñado multitud de veces en mis noches de insomnio. Por eso tenia confianza de que al final, este encuentro se resolvería favorablemente…

……A Esther, que así se llamaba la mujer a la que iba siguiendo desde hacía algún rato, la conocí un otoño en París. Yo había acudido allí llamado por mi editorial para arreglar unos asuntos pendientes con relación de la publicación de mi siguiente libro. Fue en un cóctel que organizó la embajada suiza en recuerdo de las víctimas del holocausto de la II Guerra Mundial, a la que acudimos los escritores que en aquel momento nos encontrábamos en la ciudad Luz.

La descubrí entre la multitud que hablaba y vociferaba en medio de un sinfín de canapés y copas de cristal. Ella sostenía en su mano derecha un bolso de color chillón y en la izquierda una burbujeante copa de champaña. Su extremada delgadez me llamó la atención. Eso y sus rodillas perfectamente redondeadas bajo una falda tubular demasiado recta lograron aturdir mis sentidos el resto de la velada.

Iba acompañada de un tipo bajito, calvo, de mediana edad, pero fornido y corpulento, con un corte atlético que desentonaba con la fragilidad del cuerpo de ella, Era evidente que no hacían buena pareja, pero luego por otras personas allí presentes, supe que el hombre que la acompañaba era su marido. Me comentaron que se dedicaba al diseño de interiores; aquí en España siempre lo hubiéramos llamado un simple decorador, pero quedaba más fino de aquella manera. Así que mi siguiente pregunta fue que leches pintaba ahí un decorador de interiores (vamos a llamarlo así). La respuesta nadie la sabía; lo que si era cierto es que el solito, según contaban, había decorado y ambientado prácticamente la totalidad de las salas y espacios libres de las embajadas europeas de la capital gala, gracias a buenos oficios y recomendaciones de su mentor y protector, el embajador americano en París.

Después de indagar sobre su acompañante volví a fijarme de nuevo en ella, cuando de repente volvió su vista hacia mí y comprobó que yo la estaba mirando. Sus ojos eran de un color miel tan claro y suave, que sobresalían extraordinariamente del resto de ojos que poblaban el ambiente de la fiesta. Grandes, profundos y cálidos; en ese instante preciso en que sus ojos se posaron en los míos, mantuve la calma. Porque esa mirada permaneció en mi retina el resto del tiempo que estuve allí.

……Cruzamos el Paseo del Prado de la misma forma que lo empezamos, uno al lado del otro pero extraños, sin rozarnos, sin apenas pronunciar palabra, ni tan solo una simple mirada. Los dos sabíamos muy bien que el primer lugar que viéramos tranquilo y apacible, nos sentiríamos a charlar. Ambos, yo creo, lo estábamos deseando.

Así lo hicimos. En una recoleta plazoleta que corta la calle de Alcalá en dos mitades, existía un café pequeñito y coqueto donde un camarero nos aguardaba a la puerta. Nos hizo una breve reverencia y pasamos. Ambos nos desembarazamos de nuestros abrigos. Ahora si me temblaban las manos y las piernas. Saber que en ese momento estaba enfrente de mí, a escasa distancia, saboreando sus ojos de nuevo, me trasladaba a otro tiempo en París. Ella también se deshizo de una cazadora vaquera que llevaba debajo de su abrigo y se quedó en mandas de camisa azul marca Ralph Lauren. Se dirigió al camarero:

  • Una cerveza, por favor.

Yo en cambó pedí un café descafeinado. Me pareció demasiado pronto para pedir algo de alcohol. Por la hora vespertina que era podía haberme pedido un whisky con hielo, pero consideré más acertado un café. Además, así me mantendría espabilado el resto de la entrevista.

Colocó sus lentes oscuros en un lado de la mesa y permanecimos fijos los ojos, uno en el otro apenas unos segundos. ¿Tanto tiempo deseando este encuentro y ahora no me salian las palabras de la boca!, Aproveché este breve instante para mirarla fijamente y le dije:

  • Aquí tengo un regalo para ti. No tiene precio, pero si mucho valor para mí. Un valor personal.

  • ¿Que es? – preguntó ella con interés.

  • Es un libro de poemas de Jorge García, ¿Sabes que le llamaban el poeta del amor?.

  • Ah, no lo sabía - dijo algo sorprendida.

  • Dentro del libro va un recorte d periódico. Guárdalo cuando nos despidamos. Y en el prólogo del mismo lobro hay un subrayado de un nombre de mujer: Catherine. Esa es la clave, ¿Comprendes?.

  • Creo que si, pero…

  • Y aquí tienes también un CD con las mejores canciones de amor del siglo XX. Cuando las escuches piensa en mí.

  • Lo intentaré pero no te prometo nada - y ella rió ahora con ganas.

Se sintió halagada con mis regalos y me ofreció el suyo, un libro, una novela de Martín Enríquez de título “El Lejano Cielo”. Era lo que yo necesitaba para recordar mis tiempos de estudiante en esa ciudad y al mismo tiempo recordarla a ella. El libro me lo dedicó con unas breves palabras de su puño y letra refiriéndose a la amistad que ambos manteníamos y a sus buenos deseos de que perdurara. No lo firmó por miedo a que la descubrieran. Quizás hizo lo correcto. Pero así la dedicatoria queda algo fría…

Ella hecho un trago a su cerveza queriendo beberse después el tiempo que quedaba hasta nuestra despedida. Yo bebí de mi café y le dije en voz baja:

  • No pierdas de vista el recorte de periódico que va dentro del libro. Contiene todas las fórmulas de la fabricación industrial del isótopo de Polonio 210. Es un elemento de mucha radioactividad y lo necesita la embajada americana con urgencia, ¿Comprendes?.

  • No soy tonta, estamos aquí para eso ¿no? Para cumplir con nuestro deber, - se hecho el pelo para atrás sintiéndose molesta.

  • Yo también tenía otro deber,- le dije. Verte. Tenerte enfrente de mí. Necesitaba este momento. También he venido a eso.

  • Me halaga oírte decir eso, - ahora si sonrió complacida.

  • Me encantaría dar un paseo en este momento, ¿vamos?,- le dije.

  • De acuerdo, pero yo invito.

Se levantó se súbito y deposito en la barra del bar. Un billete de 20 euros y le dijo al camarero que se cobrara. Le coloqué el abrigo diligentemente y salimos. Sentí una bofetada de aire fresco en mi cara y respiré profundamente. Me pareció oír que ella hizo lo mismo.

Se situó a mi lado derecho y camino ahora despacio a mi lado. Subimos por Alcalá hasta una de las puertas de acceso al Retiro. En algún momento y debido a lo empinado de la calle me pareció oírla jadear. Y recordé entonces que ella me había comentado ya hace tiempo que sufría una enfermedad crónica que le atenazaba los músculos y los huesos y sufría unos dolores tremendos. Entonces, aminoré mis pasos y ella dejó de jadear.

Cruzamos la calle Alfonso XII y accedimos al Retiro por una de sus puertas. Era ya noche casi cerrada y no había nadie en el paseo central, aquel que comunica con el estanque donde están las barcas.

Un silencio sepulcral se adueñó de nosotros. Solo se oía el crepitar de las hojas amarillas del otoño bajo nuestros pies. Unas luces nebulosas y tibias a lo lejos fulguraban intermitentemente.

  • Si quieres nos regresamos, le comenté después de un rato.

  • No, podemos seguir hasta encontrar una salida. Andaremos un poco.

  • Te recuerdo que me debes una cosa, le dije.

  • ¿Qué cosa?, contestó ella

  • El abrazo que me prometiste ibas a darme cuando nos viéramos.

Al decir esas palabras ella se abalanzó sobre mi cuello y me abrazó. No sabría precisar con exactitud el tiempo exacto en que permaneció en esa posición, con su cara apoyada en mi hombro y sus brazos rodando mi espalda, pero duró el tiempo suficiente como para notarla cercana a mí, cálida y amable. Y yo me sentí francamente recompensado por aquel instante.

Seguimos caminando y al rato le cogí la mano. Ella no se negó. Así, cogidos de la mano, decidimos salir de allí buscando un atajo. Ella me comentó que unos metros mas allá había un sendero que comunicaba con otra de las salidas del Retiro, dos manzanas más abajo, de la misma calle Alfonso XII.

Mi corazón empezó a latir aceleradamente a la misma vez que de común acuerdo decidimos aumentar el ritmo de nuestros pasos y buscar una salida lo antes posible. Estaba demasiado oscuro y alguien podía habernos seguido hasta allí. Eso pensé yo. Pero también me sentía a gusto asido a su mano cálida y suave y de ningún modo quería salir de allí.

Todavía memorándolo, no consigo explicarme porque de repente me pare ante ella y decidí besarla. Notaba que la sangre me fluía vertiginosamente por mis venas y sentía unas enormes ganas de fundir su lengua con la mía, e intenté acercarme a su boca, pero ella me rechazó.

  • Por favor Juan, no. Eso no.

  • Yo solo quería…

  • Te digo que no, repuso ella con energía.

Entonces nuestras manos se separaron y nos quedamos un rato en silencio.

  • Discúlpame, no he podido evitarlo, -le dije

  • Olvídalo. Venga, busquemos esa salida.

Nos dispusimos a continuar nuestra marcha cuando en uno de los senderos que corta el paseo central en cuatro trozos diagonalmente iguales divisamos en la oscuridad a dos hombres corpulentos y de mediana estatura. No sabría decir como iban vestidos en medio de esa oscuridad impenitente del parque en la noche.

En seguida pensé que quizás nos habrían seguido hasta allí; acaso enviados por alguna persona no demasiado amiga nuestra y de repente pensé en el libro que le regalé a Esther y en el recorte de prensa que llevaba adentro. Eso nos comprometía demasiado. Noté que ella aceleró el paso y decidí secundarla. Al acercarnos a ellos, Esther comentó en voz baja que no tuviera miedo, que mi constitución alta y fornida podría con esos dos tipos medianos. Yo no estaba del todo seguro que así fuera, ya que siempre he sido corpulento pero de alto tengo lo que los trenes de impuntuales.

De repente nos pararon y nos gritaron:

  • Oigan, ¿Alguna salida por aquí cerca?

  • Al fondo de aquel camino de allá, sigan recto, -respondió Esther muy segura de si misma y sin dejar de caminar.

Yo respiré profundamente. Se trataba entonces de dos personas que se habrían perdido dentro de este parque extenso y oscuro. Nada había que temer por el momento.

Con algo de barro en nuestras suelas, porque el suelo estaba reblandecido por las lluvias pasadas, al fin accedimos a otra de las puertas de salida del Retiro, justo la que queda al final de la calle por la que entramos y a pocos metros de la parte trasera del mismísimo museo del Prado.

  • Mi tren sale a las siete. ¿Me acompañas a la estación?,- le dije.

  • De acuerdo, te acompaño, -dijo ella, pero ahora iremos por sitos donde haya más gente.

Y ella me condujo con presteza por el Paseo del Prado subiendo la cuesta de Moyano y desde allí hasta el Ministerio de agricultura. Me dijo que por esas calles no se me ocurriera agarrarla de la mano ni tocarla por miedo a que nos vieran juntos. Se colocó de nuevo sus gafas oscuras y se convirtió de nuevo en una extraña para mí. Apenas abrimos la boca en ese trayecto y si la abrimos fue para comentar cosas intrascendentes, como por ejemplo lo bonito que era Madrid iluminado para las fiestas navideñas y cosas así.

No le presté atención apremiado porque se acercaba la hora de salida de mi tren. Me acompañó hasta el mismo andén de la estación, no sin antes mostrarme la multitud de tortuguitas que poblaban el solarium de la misma. Se despidió de mí dándome dos besos en la mejilla, pero de puro compromiso y subí al tren.

No miré hacia atrás para contemplarla un solo instante, porque quería llevarme en la retina de mis ojos y en mi memoria, la imagen de los suyos en aquel café y no llevarme los ojos de una despedida.

Una vez sentado en el tren empecé a ojear el libro que ella me dejó y pensé en el tiempo que había de pasar hasta que volviera a verla. Respiré a gusto sintiendo que había cumplido uno de mis objetivos y también ¿Por qué no? Haber hecho realidad uno de mis sueños: verla después de 6 años de ausencia.


Web-Stat web statistics