Recuento de Deseos


#1

¿Cuando fecundé mi alma de deseo?.. ¿De que deseo hablo?, Ah!, del deseo evidente, ardiente e incontenible por la otredad. Del ser a/ante/bajo/con/contra/de/desde/para/por/según/sin/sobre-/ (y demás preposiciones olvidadas) otra humanidad, otra óptica, otro aroma/hormona; encontrar, en resumidas palabras, tu opuesto complemento.

Un estremecimiento de cuerpos, una fricción de almas; miembros enteros se enredan, masa de sombra y volúmenes de fecundidad se amarran hasta que ese gran hervor derrama su locura en millones de mártires y un solo redentor que, al tocar tierra, despoja junto con ella su propio ego para formar un nuevo Yo. La vida es condescendiente con quien se abandona a la creación de un más grande fin, poniendo su ego por delante… tal vez amor por el Uno, por uno mismo y por el Todo. Así se abre la brecha de tan corpórea historia, en las paredes internas, en las pasiones externas de alguien a quien hasta ese momento no conocemos -mas que bajo cierto ángulo-. Así Tú, así Yo.

En la desnuda sensibilidad -todo uno piel y sangre, deriva y estímulos: calor de penumbras, mareas y sonidos que resuenan su eco en uno entero, le dan a nuestro presentimiento y a nuestra alma la sensación de poseer un cuerpo sin que siquiera tu razón perciba que te han desterrado del país de nunca jamás.

Un buen día te dice la naturaleza ¡¡BASTA!!, es momento de despegar los párpados, usar los pulmones y descubrir que existe algo más que una inmediata morada placentera; hay frío y calor, miedo y temor, gozo y alegría, silencio y agresión, Ma-ma-ma-ma… y a-ba-ba-ba… -en el mejor de los casos pa-pá, hay cobijo y abandono, certeza e incertidumbre, hambre y defecación, vives la inocencia e integración al aura del universo y al espíritu de las cosas, no cabe el desbordante asombro en tu cuerpo hasta que el tiempo te hereda sus cánones y el olvido hunde ese “amore sano” en el pozo de tu conciencia. La flor de tu alma se cierra solo para asomar tímidamente de cuando en cuando a tus exterioridades y hacerte sentir…”raro” -diríamos a veces-. Tal vez te des cuenta que posees esa flor e intentes abrirla, tal vez mueras con una flor casi marchita de amor.

Llega el momento en que te topas con que existen niñas y que son… bonitas y encuentras en ellas el primer néctar del ego, tu asombro mudo no vacila… ella es… bonita, así nada más: bonita. Una amiga para ti asexuada salvo por las diferencias evidentes e incuestionables, su “bonitud” y su apabullante coqueteo inflamado por el halago de tus cartas sin ortografía. Este sentimiento va y viene, pues repentinamente se te olvida tu amor platónico ya que siempre hay más erotismo en una bicicleta -Cross, por supuesto-, o unos soldaditos, o unos cochecitos “matchbox”, o canicas, o en el albur violatorio de un burro 16 o, vamos! que se yo, que en una niña de ocho años que aunque sabe darte besos y tomarte, mustia, de la mano, no se puede raspar y está llena de pudores que no entiendes. Sin embargo la huella que deja en uno después de recibir tu primer carta de amor loco y desesperado -tan desesperado que por su letra y relatorias nunca acabas de comprender-, de jugar la incomodidad de papá y mamá -sin que tus amigos se enteren jamás- o semana inglesa, o de ir al parque, o de esconderte durante largos momentos en el silencio tentador de un closet… esa huella no se borra jamás.

Es como la primera descarga de mujer sin aroma, de sonrisa ligera -casi sin malicia- de delicadeza sin premeditación, ya sabes, de algo bonito.

Y bueno, como es de esperarse, ellas crecen y tú también -aunque no al ritmo deseado-, repentinamente a ese ser puramente bonito le empiezan a brotar senos como cúpulas poblanas sin linternilla y las caderas se apropian de una carencia lasciva, su mirada adquiere la malicia de una mujer perdida de película de Juan Orol, su caminar ya no es como el tuyo sino más elegante y noble… apoyando primero la parte delantera del pie, erguiendo más su cuerpo y defendiendo más esas nalgas que ahora sí parecen inalcanzables, se desvirginiza su espontaneidad, algún cigarro y maquillaje acaban por darte en el anhelo, pues uno queda con sus cochecitos, trompos, juegos callejeros, amiguitos tan lampiños como uno mismo, con un ■■■■■■■ deseo que quema y una infancia impotente de 1.40 metros y erecciones oníricas de diario en diario. Así que te vuelves a tus cuates, tu escuela, a tus inseguridades y a una repentina desmitificación de tus padres. Tu cuerpo se torna una cárcel para el hombre de mundo que crees llevar dentro, entre escenas heroicas que vislumbras en tu mente salvando de catástrofes a cuanta mujer deseas, literaturas pornográficas de la más elevada didáctica, una cara de escuincle con máscaras y nuevos gestos y el coloquial verbo de un mecapalero sumergido en el albur -que apenas empiezas a comprender-.

Por fin! 10, 20, 30, 40 centímetros… ¡Dios… gracias, solo falta que transformes mi cara, algún día saldrá barba, por lo demás ahí vamos, perfilándonos!; ocasionalmente te preguntabas el porque de aquella ■■■■■■■ sensibilidad en tus pezones que parecieron crecer más de lo normal “Dios mío ¿No será indicio de busto?” esa pregunta se va contigo al acervo de tus más sagrados secretos. Tenía que suceder quien tarde o temprano lavara tus estigmas de inseguro, feo, potencialmente mixto, clase mediero de la colonia X, con un solo coche y amigos estudiosos.

-Quieres bailar???

-… bueno- ¡Ah! eso era hermosa reivindicación con tu orgullo y las expectativas de tus amigos “que vean estos gueyes quien es su padre”…

Repentinamente un dancis interruptus.

-¿Como te llamas?

-Tarsila- Sonríe y te ve a los ojos por dos segundos… parece toda una eternidad.

-…- Su nombre debe ser de diosa griega… en ella no se oye tan mal: Tarsila; bueno, algún defecto debía de tener.

-¿ Y Tú ?- Por favor habla más… no me dejes todo el trabajo.

-Gady- ¿Que le digo, Que le digo, Que le digo…? -¿Cuantos años tienes?

-Trece ¿Y Tú?

-Casi quince…

-…

-¿En que escuela vas?

-En el Miguel Ángel, ¿Y Tú? -eso era todo… por ahí se empieza-

-En el C.U.M. -¿Como te quedó el ojo… estudio con la crema y nata de los bachilleres en México, los más caritas, como puedes ver, del Sur de la Ciudad y del mundo… uno nunca sabe.

-En el C.U.M.? -Con cara de pequeño asombro.

- -mientras procuraba pegarme lo más posible a su cuerpo para descubrir con tacto pasivo el “nuevo mundo” como ansioso semental primerizo… ella resistía diplomáticamente.

-…

-…- poco a poco cedía hasta que acometía “la pregunta”:

-¿No conoces a Carlos?

-Carlos qué

-Ay no sé…- Bueno, esta debe ser estúpida… no pierdas el control Gady pon tu cara de no hay problema, yo domino el hecho de que ella conozca a otros chavos y yo no a otras niñas- uta… es que ahí habemos decenas en la prepa.

-Ah…

Esa primera ocasión o terminaba en un “Bueno… gracias”, y un frustrante bye bye “ah! es una mamona… siempre los prefieren mayores o con billete” -¿que otro pretexto?- o en un glorioso dame tu teléfono… no, no así, así: ¿me das tu teléfono? -Si- Ah… en ese momento se detenía el tiempo y yo degustaba junto con mis amigos el sabor de la conquista.

Dejaba de importar el ser “quinto” o macho no consumado “eso lo puedo aparentar”, no tener mi propio coche y demás imponderables y pasaba a sentirme el chavo que se siente enorme si le dicen fresa -aunque aparentara detestar la palabra-, que baila mejor que John Travolta y Michael Jackson juntos -aunque fueran mis pasos lentas y poco agraciadas copias- y sobre todo me volvía el que salvaba el inconsciente honor sexual de los amigos de la fiesta.

Bendito erotismo prístino que superaba el placer de discutir acerca de estilos musicales y pasar horas grabando, o de dar vueltas buscando fantasías como locos en el coche de quien tuviera, ir a ver prostitutas a la calle de Pánuco -mismas que luego pasaron a la calle de Sullivan- “¡■■■■! están de a madres… no, no, no, mira esa… está bien buena- Pero si es un ■■■■, ■■■■■■ fíjate bien, no te vaya a pasar como a mi primo que…” etcétera, etcétera; o de resolver la existencia tomando un café en algún Vips donde fueran chavas -para ver- pues siempre teníamos muy pocos pesos en la bolsa “hoy vengo rico -órale- me trae unos molletes y cuatro platos, porfa”. Así era como nos fugábamos de nuestras irresponsabilidades cotidianas -no le puedo llamar responsabilidades-, entre fiestas- las “discos” eran para mayores o con “lana”-, cantando boleros -donde proyectábamos nuestras carencias-, reuniones en casa con el grupo de amiguisisisísimos, raros campamentos, constantes desvaríos y, eso sí, mucho cine.

No faltaba el día de visita a alguna escuela de niñas a la hora de salida, no ha verlas sino a ser vistos. No siempre aparecía el valor para conocer alguna niña pero ¿para que eran las hermanas sino para ahorrar el trámite?.

Con el paso de los días conoces algunas pocas o muchas mujeres en plena flor de la edad y vas generando tus propios criterios, ahora machistas, ahora igualitarios, ahora reprimidos, castrados o vanguardistas, “a cada quien su cada cual y cada quien habla según le va en la feria”.

Y mi feria fué tomando luces y juegos, me monte en el carrusel del enamoramiento brutal, del embelezamiento, del misoginismo, del primer “frech kiss” ----caracoles… las cosas que me faltaba conocer-, de la primera seducción telefónica, del primer frenesí cenando solo con ella, a veces el caballito fué anhelante otras rechazante, a veces retraído, otras cachondeante; conocí pocas y muy variadas mujeres de quince a treinta; acepté mi condición de inocente trampero -poco a poco, como todos, hice estilo- y nunca más usé la de conquistador -no era mi género literario-, siempre con el ego en una mano al lidiar por relaciones deseadas por otros, por su alma o su piel. Lo único que las hiciera similares, acaso, fueron sus ojos… eternos, cristalinos, desnudos…eso… sus ojos.

Y así algunos años hasta que Tú en mí. No magia fugaz, no enredos de sueños anónimos, no osadías aladas, no vacilaciones, no buscando compatibilidades, solo Tú… Tú y mi deseo, mi deseo y Tú. Dejé de ser jugador y me volví dado sin apuesta. Tú y mi deseo.

Una vez más sucumbí ante la ceguera de mis vacíos y me abandoné a conocerte con terror a las cadenas de pertenecerte, de olvidarme. Lánguida voluntad seducida por tus humores. Sin grandes detalles me sumergía a reconocerte, trashumante sin rebaño que recorría tus valles cambiantes por los vientos de tus expectativas, tú sin edad, pelusa sempiterna de mis labios reconocían en cada extremo de tu universo; Tú, cercanía tan cercana que mi aliento hasta tus palabras tocaba, insistencia jadeante sabor a nada, espejismo de piel y luz, claro abrazo de tus piernas que hasta mi sensatez resquebrajaron y el albino magma de la vida cedió ante Tí… luego horas, días y vanos de pensamiento se rebelaron en fuertes sueños de humedades y marismas de tus senos. A veces llamaba el olvido, otras el incinerante recuerdo, siempre las marcas de la nada… no existía amor solo iconos sudorosos y desinterés espontáneos. Te sentía sirena, mujer de agua, musical silencio que deslizaba sus oleajes en mis comisuras… yo… miura -me llamabas como arrastrando la palabra-, ansioso miura me acometía y acometía sangrante la burla esquiva de tus colores. Miura y sirena, tierra y agua, tensiones y sudoraciones de delirios necios.

Luego sobrevinieron los desvelos y nos incorporamos a la dinámica del baile salsa, merengue, pop, que más daba -asistir a exposiciones, obras de teatro, performances y viajes a pueblos cercanos que nos permitieron asomarnos a la realidad mutua; le dimos ligereza y novedad temprana a nuestros momentos compartidos y lentamente nos sumergimos en el submundo de nuestras culturas, amistades, familias y soledades.

Un certero día de pláticas largas y lamentosas, de poesías ocurrentes, de risas acalladas y caricias breves, conocí de reojo la cara de tu ser. Sentí, mas allá del conocimiento, que cuando llorabas y reías se desmoronaba tu fragilidad y se vislumbraba el abismo de tu alma. Quedaban solas tus pupilas como esperando correspondencia en mis ojos hundidos y por primera vez te besó el pulsar arrancado de mi profundidad más silente con un solo susurro de apetencia. Deseé morir en ese instante, para fundirme momentáneamente a tu espesura. La vida se forja con esos momentos que algún día dan extensión a nuestro entendimiento.

Hasta las embestidas miuras y las seducciones sirenaicas crean horizontalidades. No bastaban ocurrencias y desplantes, mudanzas de escenarios; poco a poco nos vimos envueltos entre reptantes inconformidades. Tiempo lleva descubrir que las mutaciones del corazón son las que hacen perecederas las relaciones sensibles al ver en el otro el cambio de uno mismo. Lo demás son consecuencias y maquillajes. Pero entonces no lo comprendíamos y aunque lo hubiéramos entendido… era más grande nuestra visceralidad.

Así que no fuimos la excepción, fuimos y venimos de extremo a extremo de la cordura ilógica, nos cubrimos de eslabones mutuos y despistadas infricciones -que aunque ahora no creo en la infidelidad, pues quien no puede ser con uno mismo, no puede ser con otra persona, quien no puede ser con otra persona que va a hacer con dos o más universos que tampoco encuentran su mismidad, pero bueno, uno con vacíos y calores difícilmente filosofa-, la rutina nos sobrecogió sigilosamente, tan suave que nunca nos quejaremos y -¿por qué no decirlo?- la necesidad de tu aroma y color me dijo “es hora” y fué así que aceptamos vivir nuestras pasiones, dudas y tibiezas diariamente.

Las salidas a bares y con amigos se fueron haciendo, paulatinamente, más espaciadas; los mismos lugares fueron menos frecuentados, las esporádicas madrugadas de salsa en el Bar León, el Allegros y el Colonial se tornaron disipadoras de nuestros segundos planos y el ahorro nos forzó a cada vez más prolongadas noches de video y botanas, los días gestaban nuestra próxima ceremonia, por nuestra cabeza iban y venían posturas y cuestionamientos de si nosotros éramos el uno para el otro… alguna última tentación nos acogió… es cuando vimos en una nueva persona todas las carencias de relación satisfechas, es cuando pides tiempo de afirmar posturas, si vale la pena continuar/iniciar o no… pues con la pareja -pensaba- es hasta que la culpa, el hastío, la impotencia, la ignorancia, la ira o, en su ausencia, el amor nos alcance. Analizas de esa mujer como nueva aparición, desde la espontaneidad que tu diaria relación ha perdido, hasta cada línea, sombra y brillo que se dibujan en su cuerpo, repentinamente ves botonadura nueva en tu saco viejo, sabes que no es la última vez que sucederá y probablemente tu prometida esté pasando por las mismas. En la penitencia va el aprendizaje, pues repentinamente te abordan imágenes de una rosa y un pequeño príncipe en un cuento de Saint-Exupéry… no entendía bien el porqué; ese sentimiento de pertenencia/celo/dolor ante la posibilidad de verme amanecido contigo, comiendo, viajando, cotidianizando y buscando encontrar el amor que te hace seguir adelante. El machismo infantil de un sátiro y el alma de Quirón-Centauro se abrazan en un momento de decisión. Nuestra vida nos presenta una y otra vez crisis más allá del pensar y estas rupturas no se solucionan sino con advenimiento de nuestra propia superación, para dar pauta a nuevas crisis, cuestionamientos y liberación.

… … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … ¿Cuando te dí la última rosa?

Nuestro enamoramiento adquirió entonces nuevos y mejores matices, procuramos la devoción por nuestras imágenes sin cortapizas. Entre el tropiezo y la culpa nos planteamos direcciones y predicciones comunes, aspiraciones y creaciones a veces individuales, otras entrelazadas y en el crepuscular momento nos sumergimos, sin premeditación, ya no a conocernos sino a detallarnos cada poro; cada pliegue adquirió un panorama distinto, era encontrar más palabras en la misma dermis, era ser todo un lenguaje. Cada presión, acción y pausa fueron hablando el verdadero idioma alejado de farsas y máscaras; el lenguaje de nuestra divinidad fué siendo y reconociendo en el otro a sí mismo. Era estimular nuevas ritmias, escondites descubiertos y demencias nuevas hasta fugar nuestros ojos más allá del pensamiento. “Mira, ahora soy triste… ahora alegre… evocativo… ahora no pienso más… … … ¿Y Tú?”.

Entonces los papeles de nuestra obra cambiaron; Yo dragón, reptil, a veces vigoroso, a veces cansado y meditativo, tras cada respiración más fuego en Tí vertí en forma de mi persona entera vacilando entre la fatiga del tiempo y el deseo de aproximarme a tu espacio creado. Tú… esfinge cuestionante, exigente, humana/felina. Nos encontramos un día desconocido por mi memoria, dragón y esfinge y fecundamos un motivo más, una coincidencia más, alguien donde Tú y Yo éramos. Te redescubrí y una nueva fragancia y ternura aparecieron en cada uno de tus movimientos, no había torpeza al caminar con una serenidad siete, ocho, nueve-mesina; era, mejor decirlo así, una nueva carencia, paradójicamente volátil, alegremente reposada, ocasionalmente indispuesta, ensimismada; era recorrer en cámara lenta tu nueva expresión, pesadamente suave, dulce, categóricamente incomprendida (¿?), llena de procesos antojadizos, egoístas, amorosos, hormonales; era ver como encontrabas tu frágil tersura, tu nuevo cuerpo como si fueras pubertina; como en ti más fuertes apegos embrionarios te gobernaban y me desplazaban sin pedir permiso. Las percepciones y asombros se construyen como castillos de arena “indestructiblemente vulnerables”. Por un tiempo dejaste para mí de ser Tú, un aire de impecabilidad en tus hábitos, el capricho por menudencias te dió nuevo aliento y tu intimidad me marcó los lineamientos. Tan alejado quedé con mi ignorancia por tus sentires y pertenencias… te convertiste en el vivo arcón que contenía nuestro nuevo Yo -por un tiempo olvidamos que sería un nuevo él, pero en fin… así fué esto-.

Por fin esa delgada, centimétrica y recién traumatizada humanidad fué en este mundo; devoró mis segundos, mi juicio y sus temblorosos y desnudos gestos y movimientos agobiaron gozosamente mis viejas pesanteces y todo se detuvo; éramos Tú, Yo y nuestra más ansiosa otredad, sin mayor decoración que el tiempo mismo. En el primer baño de los tres caí en cuenta de que ese pequeño ser era un amoroso erotismo encarnado.

Poco a poco el orden de nuevas labores y cuentas de gastos en pañales, despensas, pediatras ropa carísima que le quedaría a la niña durante pocas semanas “no importa las va a heredar la que viene…” y demás infraestructuras generadas por la nueva familia demandaron más dinero, más trabajo y más tiempo. Con el nacimiento de nuevos hijos mis alegrías fueron incrementándose de la mano con mis preocupaciones, las exigencias fueron mayores y el tiempo residual decreció.

Así fué que con los años, bueno… pues lo que tenía que suceder: los tres hijos crecieron, hicieron sus propias historias y fueron adquiriendo cada vez más independencia, libertad y confusiones correspondientes.
Durante todo este tiempo nuestro punto en común fué obteniendo mayor peso en nuestros hijos y menos en nosotros. Pero ellos, después de todo, acaban volando a nuevos rumbos mientras que nuestras intolerancias se acentuaron. Nos fueron devorando nuestras rutinas, crisis de rumbos andados y por andar, mutuas demandas, viejas culpas, acercamientos y separaciones, frustraciones, decepciones y el enamoramiento murió finalmente. La cama adquirió la espacialidad del templo de nuestras evaciones; Tú mi refugio, mi olvido; yo tu recuerdo, tu pertenencia alada, casi ausente. Raras sorpresas accidentaban las caricias más lentas y meditadas, los ritmos expertos y reconciliantes… raras sorpresas. No más juegos en la cocina, en los pasillos, en los coches, en bares o donde fuera. La cama se volvió toda una arquitectura donde deambulaban las pocas confidencias e intimidades comunes. Ya pocos momentos quedaban donde viviéramos antes la acción que la planificación, pues todo lo habían ocupado nuestros hijos y cotidianeidades, incluso los jadeos y gemidos fueron amordazados por el pudor paternal.

Fué en uno de esos momentos críticos donde tomamos la decisión de -¿Por qué nó?- amarnos.

Nos había alcanzado la mitología. Cada vez nuestro propio reflejo en la mirada del otro nos “mataba un poco”, hacía ígneo nuestro deseo y entonces Medusa aparecía en nuestro rostro. Fueron tiempos de separaciones y reconciliaciones que poco a poco nos iban reubicando, de amasiato extramuros, más discreto el tuyo que los pocos míos, siempre evidentes, pues la culpa ni con orgullo se cubre. No les llamemos equivocaciones, nuestro propósito inicial nunca fué hacerlo -lo sé-, ni herir nuestra conformidad; simplemente encontramos un accidente que nos hacía olvidar nuestro vacío, de esos tropiezos que nuestra vida había perdido. Y aunque el pretender convertirse en adolescente una vez más y sentir nuevas sensaciones de cuerpo y ego recuperado fué… vaya no sé como adjetivarlo… dué diferente, vacuo; un susurro me regresó a Tí entonces… y no era el del recuerdo… sino el de vivirte siempre presente, siempre fragante, siempre Tú… transformada, transformadora, Tú ahí como un icono de cincuenta años… como río de agua tibia y mansa que solo por tramos crecía su caudal. Entonces te proyectaba mi pensamiento y me liberaba de tontas vestimentas situándome en lo que Tú eras: mi inmediatés, mi silencio, esa rama que en otoño me acallaba y borraba de mí toda expectativa, dejando solo la impecabilidad del momento, dejando hablar a mi Ser. Después un sueño cruzaba mi cuerpo tendido en la cama: un hada celta cabalgando un unicornio sobre la superficie de un lago de cristal sin horizontes… eso éramos Tú y Yo… luego volteé a verte, dormida sirena, esfinge y hada a la vez… no había de mi parte nada que perdonar ni culpa que arrastrar, había desaparecido la necesidad de pertenecernos y en su lugar surgió un llamado a hacernos uno. No se tú… ¿Que te trajo a mi de vuelta… Que fué?.

Toda crisis trae renovación. A veces apareció el miura, el dragón o el unicornio en mí pero eso ya no importaba, quedamos solos y la realidad es que solos siempre somos, ya no importaba si nuestro amor era pernoctador o sutil; comencé a amar el ser contigo, descubrí mi fin y Tú eras mi medio, Tú eras el hilo que me conduciría al desapego, al amor que todo empapa, al hoy/aquí, a mi mismo, a Dios. Tantos años pasaron y ahora descubría que siempre te había amado, siempre había buscado ser contigo.

Desde joven siempre viví los pretextos del amor: la estatura, la guapura, la solvencia, la edad, los amigos, la mujer ideal, resolverme interiormente, las expectativas de lo irreal, los hijos, la familia, el trabajo, la rutina, las demandas, en fín toda una letanía de pretextos para no descubrirme. La vida no perdona y en los efectos van las señales… cuánto tiempo tuvo que pasar…

Es probable que todo esto lo hayas intuido siempre, en tu interpretación de mis actos, no sé… es tema de literaturas, cine y comentarios de café que una y otra vez hablan de ese sortilegio de amar sin esperar, de ser uno y dos a la vez, pero yo nunca te lo dije y eso es lo que importa. Las culpas y arrepentimientos salen sobrando. El camino fué andado y ahí es donde crecieron los botones de este -tan trillado- amor, en el camino, en la búsqueda nació la esencia del Deseo.

Guarda esas flores mujer, como un secreto. Las cultivaste a lo largo de tantos años y la lápida por un muerto no las necesita. Sé que mi voz no alcanza tu oído, talvez descanso quede ahora; no inflames tu recuerdo y espera que de un lugar lejano y sin materia un relincho áureo y alado te llame de nuevo… pegaso sigo siendo, pues finalmente, ¿Que es la muerte sino un cambio de paisaje?.


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