" soy diabÉtica "


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Conozco por experiencia propia que cuando te diagnostican diabetes, todo a tu alrededor se desmorona. Yo, como tú, tengo diabetes y se que la presencia de la enfermedad modifica, en mucho nuestras vidas.

Al conocer la noticia, experimentamos angustia, dolor, sufrimiento y miedo, mucho miedo. Bajo el impacto emocional del diagnóstico,nos parece todo tan irreal, tan confuso que nos negamos a creer lo que está ocurriendo.

Todas las personas a las que se nos notifica el diagnóstico de una enfermedad grave o crónica, solemos pasar por una serie de etapas o procesos psicológicos que van desde la negación, hasta la convivencia o aceptación de la enfermedad. Estas fases deben entenderse como patrones generales de respuesta.
Convencida de que una historia real es muchísimo más elocuente y valiosa que mil teorías, te explico mi propia experiencia:

Desde que el médico me diagnosticó hasta que pude aceptar este hecho, semanas después, pasé por momentos dolorosos y complejos. Al principio tuve miedo de no saber qué iba a pasar. Me sentí derrotada, vencida, y el hecho de necesitar inyectarme insulina dos veces al día para vivir lo asocié a mi sometimiento a un destino hasta aquel momento inaceptable.

Pero, aunque yo no quería admitir que estaba enferma, desde el primer día no dejé de cumplir con la prescripción médica. Hacía ejercicio físico diario, respetaba la pauta insulínica y, desde luego, la dieta.

Para la mayoría de las personas de mi entorno, familia, amigos, compañeros de trabajo, médicos especialistas, yo aparentaba ser una paciente ejemplar.

Entonces no era consciente de que esa actitud, aparentemente tan colaboradora y sumisa, en realidad albergaba una trampa en la que fui la única damnificada. Al delegar el cuidado de mi diabetes en el equipo médico y en los medicamentos que me prescribían, sutil e inconscientemente, les hacía responsables del buen o mal control de mi enfermedad, al mismo tiempo que me eximía de toda responsabilidad.

¿Qué cómo fue el momento de mi aceptación?
Una noche, mientras veía una película protagonizada por Michael Keaton, titulada “Mi vida”, me sucedió algo sorprendente e inesperado. La película trataba de un afamado joven al que, en la cima del éxito, le diagnostican un cáncer incurable presagiándole pocos meses de vida.
La película me parecía interesante, pero nunca me hubiera imaginado que me tocara tanto. Aquella noche, mientras veía “Mi vida”, gruesos lagrimones recorrieron mis mejillas, al tiempo que sentía en mi pecho una presión que me impedía respirar correctamente. Era obvio que, a través del personaje, conecté con lo más profundo de mi alma, y así pudieron emerger sentimientos que mantenía aprisionados desde el día de mi diagnóstico.
Cuando quise darme cuenta, me encontraba llorando desconsoladamente mientras abrazaba mi almohada. Con cada lágrima y gemido que profería, una mezcla de rabia, ira, miedo y tristeza, emergía desde lo más hondo de mi corazón. Instantes después, y sin ser consciente de ello, empecé a susurrar primero y a gritar después: por qué, por qué a mí, por qué yo… como solicitando explicaciones a la enfermedad.
Desde que me diagnosticaron, era la primera vez que, de forma abierta y explícita, manifestaba mi queja, mi ira, mi rabia y mi tristeza infinita por la pérdida de salud sufrida. Yo no sabía entonces que esta reacción mía, muy humana por otra parte, era el reflejo de un sentimiento de injusticia, miedo y desesperación lógicos, pero, también, de la no aceptación de la enfermedad.
Aquel día –tres meses después de mi debut– empecé a comprender que el hecho de admitir nuestra realidad no significa un acto de rendición sino todo lo contrario, es el primer paso para iniciar el proceso curativo.
Ahora he aprendido que padecer, tener, sentir, en consecuencia, aceptar una enfermedad como la diabetes, es una aventura personal extraordinaria, una experiencia a la vez íntima y social que transforma radicalmente a quien pasa por ella.
Aunque nos parezca increíble, la enfermedad nos permite descubrir la importancia de la cercanía de la familia y los amigos, revelar su solidaridad, compasión y cercanía de una manera imposible de imaginar en otras circunstancias. Todo ello ha provocado una transformación interna que hace valorar la vida propia y ajena como el bien más preciado a la vez que el más frágil.
Se podría decir, sin temor a equivocarnos, que la enfermedad, la diabetes, puede hacernos más sabias y mejores personas. Quien ha pasado por este proceso de transformación sabe muy bien a lo que me estoy refiriendo.


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